Puertas al mar

AC2029Cristina Amanda Tur. Foto: Joan Costa
Las salinas resultan ser un sistema productivo algo más complejo de lo que a simple vista pueda parecer. La producción de sal es algo más que llenar de agua salada la treintena de estanques que existen en la isla y esperar a que se evapore. Acequias, canales, depósitos, cristalizadores, almacenes, barcazas de carga, vagonetas y talleres se completan con electrobombas y una maquinaria que ha ido evolucionando a lo largo de los años y que, a menudo, ha dejado sus rastros, o sus restos, en el paisaje del Parque Natural de ses Salines. En es Codolar, la instalación más conocida, al menos la más retratada, es el Pont de Dalt, aunque la mayoría de los que acuden a buscar el efecto sobre él de los últimos o los primeros rayos de sol desconozcan exactamente de qué se trata y cuál es su nombre. El puente es en realidad un canal que se usa para introducir agua de mar en los estanques; antaño se aprovechaban para ello los temporales, utilizando un sistema de compuertas que acabó sustituyéndose por bombas impulsoras.
Existen tres canales en es Codolar, el Pont de Dalt, el Pont d’Enmig y el Pont de Baix, pero los dos segundos son más discretos. Y cumplen su función con electrobombas que sustituyeron ruedas de palas. En el libro ‘Memoria d’un mestre saliner’, de Antoni Torres García y editado por el Institut d’Estudis Eivissencs, se explica que “no es por casualidad que el principal equipo de bombeo para aprovisionar las salinas con agua del mar se encuentre situado en la playa de es Codolar”. En este sentido, apunta a que para el proceso se requiere agua muy limpia, una de las condiciones que se dan en la zona, ya que “la playa está formada, en toda la extensión que mira a las salinas, por cantos rodados o piedras redondas y la arena raramente se encuentra en la orilla”. También es un factor importante el hecho de que sea una playa poco frecuentada.
El Pont de Dalt es el situado más al norte y el maestro salinero recuerda que antaño el equipo de bombeo estaba formado por una gran rueda de palas (similar a la que aún, oxidada y detenida, se conserva en sa Revista) movida por un motor de gas y con dos maquinistas trabajando en ella. Para garantizar la suficiente producción salinera era necesario tener la rueda en movimiento prácticamente día y noche, “a veces sin respetar domingos ni festivos”. En el Pont de Dalt, el viejo sistema fue sustituido por dos electrobombas con una potencia de 30 KW cada una y “los días que el nivel del mar es alto, el citado equipo transvasa alrededor de 4.000 metros cúbicos de agua por hora”. De esta forma se redujeron las horas de trabajo y también se redujo, año a año, el número de trabajadores que Salinera precisaba para la producción de sal.
Este canal está comunicado, en concreto, con el estanque conocido como es Pollet, el situado más hacia el norte de cuantos conforman ses Salines pitiusas, que se extiende hacia el grupo de estanques cristalizadores y concentradores conocido como el Ros (hacia la iglesia de Sant Francesc), y tiene como función ser uno de los grandes depósitos de agua de mar que alimentan el resto del sistema salinero. Ses Salines, donde hasta los estanques tienen nombre y no todos cumplen la misma función, resultan ser más complejas de lo que pueda parecer.

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Ingenios de bestias

AA9381can pep miquel en es Cubells

Can Pep Miquel, en es Cubells

Cristina Amanda Tur. Fotos: Joan Costa
En algunos documentos antiguos de Balears aparecen como ‘molins de bèsties’, aunque el nombre que prosperó para denominarlos fue el de ‘molins de sang’, molinos de sangre. Y tal siniestro nombre hace referencia a la energía empleada en su funcionamiento; si los molinos se clasifican en función de aquello que los mueve, los de sangre son los que usaban tracción animal, fuera de burro, asno o mula o fuera de ser humano, porque, de hecho, en la antigüedad o en casas donde no se disponía de animal de tiro para tal tarea no era una rareza que fueran hombres quienes movían el ingenio que supone un molino. “Normalmente era una mula”, concreta la historiadora Cristina Palau, técnica de Patrimonio Cultural del Consell d’Eivissa y experta en molinología pitiusa, aunque señala que se usaba el animal que se tenía más a mano, sin que hubiera muchas preferencias. Una mula es, precisamente, el animal que hace mover una de estas máquinas en una de las conocidas ilustraciones que sobre la vida en la Eivissa de mediados del XIX realizó el archiduque Luis Salvador.
Los molinos de sangre no son tan vistosos como los molinos harineros de viento, al menos a primera vista y hasta que no te acercas a ellos o una buena fotografía te revela sus secretos, pero tal característica fue una ventura cuando, en 1937, el Servicio Nacional del Trigo impuso restricciones a la cantidad de grano que podía molerse y llevo a muchas familias a moler en la clandestinidad. En Eivissa y Formentera, la ilegalidad se convirtió en la única posibilidad de supervivencia, ya que el Servicio Nacional del Trigo también intervenía buena parte de la producción a cambio de un precio irrisorio que solo cultivos intensivos de trigo de la Península podían asumir sin hundirse pero que eran intolerables para economías de susbsistencia. “Se juntaban unos cuantos, cerraban todo, incluso las rendijas de las ventanas, encendían unas pocas velas y trabajaban toda la noche”, cuenta Cristina Palau, que durante sus investigaciones ha escuchado muchos testimonios similares, “y, desde luego, este trabajo pasaba más desapercibido en un molino de sangre que con uno de viento, cuyas aspas en movimiento eran difíciles de ocultar”.

AB0278can fornàs Balàfia

Can Fornàs. Balàfia

El mecanismo de un molino de sangre es algo más sencillo que un molino de viento o de agua, aunque con muchas piezas iguales o similares, y tal simplicidad explica que estos sean los molinos más antiguos, los que se inventaron primero. Su funcionamiento gira en torno a una barra vertical, conocida como árbol, que está sujeta al techo, a una jácena. El árbol es movido por una percha a la que se ataba el animal y cuyo movimiento se transmitía a las muelas mediante un sencillo engranaje. La sencillez del ingenio, unido a que fueran fundamentales para la economía isleña, explica también que estos molinos fueran frecuentes en tierras pitiusas y que se hayan conservado muchos de ellos en casas payesas, en habitáculos a menudo anexos a la vivienda y conocidos como ‘la casa del molino’. La historiadora afirma que en las islas se han conservado en buen estado bastantes molinos de este tipo; hay que tener en cuenta que las piezas, de piedra y madera, son duraderas y que “algunos de ellos aún funcionaban hace solo 50 años”. Ninguno de los molinos de sangre se encuentra en la lista de bienes patrimoniales pitiusos, al contrario que algunos molinos de viento, como el de Puig d’en Valls, comprado y restaurado por el Consell Insular y que ahora puede visitarse.

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La isla de paja

AC4382La vespa sumergida en los fondos de es Palleret

La vespa hundida en el islote

Cristina Amanda Tur. Fotos: Joan Costa y CAT
Frente a sa Punta de sa Torre, donde se encuentra la torre d’en Rovira, y formando un triángulo con ella y es esculls de es Farallons, se alza es Palleret, más cerca de ser un escollo, por su reducido tamaño, que un verdadero islote. Si lo consideramos un escollo, sin embargo, hay que señalar que su elevada morfología impide que pueda estimarse un peligro para la navegación. Se asemeja a un pajar. De hecho, de ahí proviene tanto su nombre correcto como una forma más popular que denomina a la roca la pila de heno.
Y aunque lo encontrarás mal escrito en todas las guías de buceo, incluso en las editadas por las instituciones, en todos los anuncios de inmersiones y en multitud de mapas, parece ser que el nombre puro del islote, el original, se escribe es Palleret (con una ‘a’ y dos ‘e’ y no al contrario) porque la palabra procede de ‘paller’, un pajar en catalán. Es la forma de paja amontonada lo que, evidentemente, explica el nombre de la roca. Bajo la superficie, se ensancha y complica, y las laderas descienden en forma de montaña hasta 40 metros de profundidad. Como suele ocurrir con las rocas que se elevan áridas e inhóspitas sobre el agua, una abundante biodiversidad se refugia bajo su superficie. De hecho, es Palleret es uno de los lugares habituales de buceo en la zona oeste de la isla, muy cerca de las reservas de es Vedrà, es Vedranell i els illots de Ponent y, sobre todo de sa Conillera. Rodear el islote es un paseo en círculo junto a espectaculares colonias de briozoos anaranjados y rojizos, el fondo más destacable de la roca.
DSC_3853_1530Lo habitual es fondear en el suroeste, en una parte en la que la ladera de la montaña ofrece una profundidad de doce metros. Desde allí, si se elige rodear es Palleret dejando su pared a la izquierda, algo que suele decidirse en función de las corrientes, pronto se encuentra el elemento más excepcional de este paraje. Y es una vespa que, sorprendentemente, alguien lanzó al mar años atrás y que, asentada a unos 23 metros de profundidad, se ha convertido en una suerte de arrecife artificial colonizado por una buena representación de la diversidad de especies de flora y fauna de la zona. No es un pecio en el que puedan habitar grandes especies, pero el mar alberga todo un universo en pequeño formato que no necesita grandes refugios. Es el caso de los nudibranquios, muy bien representados en un islote en el que también son comunes las langostas, las morenas, que aprovechan la irregular configuración de la montaña y sus agujeros, y las barracudas. Y algún espirógrafo o plumero de mar, una especie de gran gusano sésil que no se ve todos los días. Las laderas se hunden hasta el fondo de arena en diferentes niveles para alcanzar poco más de 40 metros de profundidad.
Es Palleret es uno de los islotes menos conocidos de Eivissa, un peñasco que no puede competir con la opulencia de las reservas que tiene justo en su lado oeste y noroeste y de las que queda fuera, pero que es lugar de paso desde Sant Antoni, donde muchos pescadores recreativos hacen un alto en el camino para probar suerte. Al igual que hacen las gaviotas; raro es el día que, al llegar hasta el peñasco, no se observa a una de ellas posada en un pequeño saliente de la roca en el extremo superior, como un vigía. Siempre en la misma arista de es Palleret.

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AD4180colonias de briozoos en el islote

Colonias de briozoos en el islote

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El pez con aletas abanico

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roncador fotografiado cerca de sa Punta des Jondal 

Cristina Amanda Tur. Foto: Joan Costa
Si los creadores de Pokemon conocieran a este pez manchado, diseñarían un personaje exactamente igual a él, con su aspecto y sus características. Con sus espectaculares aletas pectorales de tonos azules y marrones y su punteado de colores blanco y un azul fulgurante que se hace lineal en los bordes. También con su robusta cabeza, sus grandes ojos y sus espinas; para completar su singular descripción, este pez posee agudas espinas en diversos lugares de su cuerpo, dos de ellas a ambos lados de la cabeza, detrás de sus opérculos (las aletas que protegen las branquias). En algunos puertos del sur de España recibe el nombre de pez demonio o diablo, aunque es más conocido como roncador, golondrina de mar o xoriguer (en las islas). Su nombre científico es Dactylopterus volitans y en el Libro Rojo de los Peces de Balears está clasificado como especie de ‘Preocupación menor’, aunque lo cierto es que, como ocurre con muchos taxones marinos, existe poca información para poder evaluar en que medida gozan de salud sus poblaciones. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) cataloga de la misma forma la situación de este pez, “ampliamente distribuido y abundante localmente en una variedad de hábitats”, y señala en su lista roja que “aunque hay alguna indicación de los impactos localizados debido a su captura accidental, no existe una amenaza importante a su población global, por lo tanto, se cita como menos preocupante”.
No es un animal raro en aguas pitiusas, fácil de encontrar durante los meses de verano, cuando los individuos ascienden de mayores profundidades para la reproducción y son comunes, sobre todo de noche, en fondos de arena. Estos peces habitan un amplio espectro que va desde prácticamente la superficie hasta los cien metros de profundidad, al menos en teoría. Y aunque puede consumirse, tiene escaso interés gastronómico (se usa en productos derivados del pescado), por lo que suele formar parte de los descartes en los barcos de pesca. De hecho, el ejemplar que acompaña este texto fue fotografiado frente a es Jondal al ser lanzado -devuelto al mar sano y salvo- desde uno de los barcos que se dedican a la pesca del gerret. Las capturas accidentales no son raras, sobre todo en las redes que tienen como objetivo especies demersales, es decir, que viven cerca del fondo.
Por otra parte, no hay que confundir a esta especie con otros peces de nombres similares, todos, en realidad, muy distintos a este animal. Este roncador debe su nombre al ruido que emite con las espinas que tiene en la cabeza, aunque la contaminación acústica de las embarcaciones puede impedir que lo oigamos. Además de tal curiosidad, el xoriguer se caracteriza por el uso que hace de sus dos grandes aletas pectorales, que despliega como abanicos para parecer más grande y amenazador y para nadar; al hacerlo, parece que vuela. Esta característica, que se refleja en el nombre de la especie (volitans), es el motivo de que haya quien confunda a este animal con los peces voladores que podemos ver planeando sobre la superficie del agua, pero ni siquiera pertenecen a la misma familia. El pez roncador vive en el fondo, y, además de parecer que vuela cuando despliega sus ‘alas’, también parece que camina sobre el fondo con sus aletas pélvicas. Asimismo, por su nombre puede confundirse con otro roncador, la especie Pomadasys incisus, de la familia de los hemúlidos y que también emite un sonido similar al ronquido. Dactylopterus volitans pertenece al orden de los escorpénidos, como los populares cabracho, rascacio y escórpora, todos ellos peces caracterizados por sus amenazantes espinas.
El xoriguer se conoce asimismo como chicharra de mar o pez murciélago; si fuera negro lo llamarían Batman. Los peces suelen tener tantos nombres, con frecuencia compartidos con otras especies, que a menudo resulta necesaria la referencia a su nombre científico para evitar confusiones.

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Los cuernos del dios Júpiter

AB1862uno de los grandes ammonites del Jurásico expuesto en la UIB

Uno  de los grandes ammonites del Jurásico expuesto en la UIB

Cristina Amanda Tur. Fotos: Joan Costa
Los ammonites fueron en el mar lo que los dinosaurios en tierra. Ellos dominaron las aguas durante más de cien millones de años y desaparecieron, al no poder adaptarse a las nuevas condiciones ambientales, con el impacto del mismo meteorito que se llevó por delante a los grandes reptiles. Hace 65 millones de años. “Y lo sabemos, sencillamente, porque en los materiales y sedimentos desde esa época hasta ahora ya no aparecen”, explica el geólogo Luis Alberto Tostón. Eso sí, de ellos quedó lo suficiente para que hoy podamos considerar que los cefalópodos conocidos como nautilos son sus descendientes, al igual que los dinosaurios son antepasados de las aves, lo cual sería imposible si se hubieran extinguido por completo.
Eivissa es tierra de ammonites; de fósiles de ammonites, para ser más exactos. Y de fósiles marinos en general, aunque los más notables, importantes y populares son los de estos cefalópodos de la Era Secundaria con conchas de aragonito y forma de cuernos de carnero. Al geólogo le gusta decir a sus alumnos del instituto de sa Blanca Dona que el proceso de formación y hallazgo de un fósil es pura magia, un cúmulo de casualidades que ha precisado de millones de años hasta llegar al momento en el que es recogido. Y ese proceso que él cuenta a su alumnado comienza cuando lo que hoy son las Pitiuses se hallaba aún bajo aguas pobladas de ammonites vivos. Muchos de ellos murieron, se fosilizaron y perduraron gracias a la acumulación de sedimentos que los cubrieron. Y todo aquello que quedó ocultó en el mar salió a la superficie cuando, hace unos veinte millones de años, por ese fenómeno que los geólogos explican por la teoría de la tectónica de placas, África chocó contra Europa (o empezó a chocar) y se formaron las cordilleras Béticas, de las que Mallorca y las Pitiüses son una continuación. La tierra oculta bajo las aguas se levantó, se plegó, se rompió y sigue todavía rompiéndose y plegándose, y los fósiles quedaron prácticamente al descubierto. Así, a grandes rasgos, se hizo la magia y hoy seguimos encontrando ammonites en los acantilados de Eivissa, principalmente restos en rocas del Jurásico y del Cretácico. Y, para ser aún más precisos, los fósiles más grandes que se han descubierto, los más espectaculares, son jurásicos. Y, aún más, los mejores pertenecen al periodo Oxfordiense (Jurásico Superior), muy bien representado en zonas como Punta Grossa, Port des ses Caletes y Cap des Falcó. “Entre los más característicos y más grandes de Eivissa se encuentran los del género Arisphintes, aunque suelen aparecer en rocas de acantilados inaccesibles”, apunta Luis Alberto Tostón, que añade que en la isla se han hallado ammonites de al menos 50 géneros distintos.
AB1872Los fósiles de ammonites -cuyo nombre deriva del dios romano Júpiter Ammon porque sus conchas recuerdan a los cuernos de carnero que lo identifican- son muy importantes para la Geología; son fósiles guía que permiten datar, con bastante precisión, el estrato en el que se encuentran. Tal característica es posible por su diversidad, porque existieron miles de especies de estos cefalópodos a lo largo de sus muchos milenios de historia y cada especie vivía unos pocos millones de años y desaparecía o evolucionaba, de forma que cuando se conoce el periodo en el que la especie determinada vivió se puede poner fecha al estrato en el que su fósil es descubierto. Así, por ejemplo, los expertos han datado el Oxfordiense en Eivissa por especies como Gregoryceras transversarium (abundante en Punta Grossa), el Kimmeridiano por taxones como Hybonoticeras beckeri (en los acantilados de Cap des Falcó) y el tramo Titoniense-Berriasiense por la abundancia del género Berriasella (son ejemplos cap des Llibrell, cap Martinet o es Fornàs). Con esta fórmula de relacionar cefalópodos con periodos geológicos se han ubicado en el tiempo decenas de estratos de la isla.
Y para conocer de cerca algunos ammonites interesantes, la mejor opción es visitar la exposición geológica permanente del edificio de la UIB, donde se muestra la colección que el geólogo francés Yves Rangheard donó al Consell d’Eivissa. Más conocido por los ibicencos es el ammonites del puerto, un fósil incrustado en una de las piedras calizas de la acera y que la Autoridad Portuaria ha devuelto recientemente al pavimento tras las obras que requirieron levantar todo el empedrado. Luis Alberto Tostón propone colocar una placa junto a este fósil para indicar su presencia y dignificar su valor como parte del patrimonio geológico de las islas.

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Un monstruo con mala reputación

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morenas en sa Bota

Cristina Amanda Tur/Joan Costa.- Leyendas de la Roma clásica, su aspecto de serpiente prehistórica y su necesidad de mostrar los dientes continuamente para poder obtener oxígeno han contribuido a la falsa creencia popular de que el anguiliforme conocido como morena es un pez peligroso y agresivo.
El más común en aguas pitiusas es la morena Muraena helena, la morena del Mediterráneo, catalogada como especie ‘de preocupación menor’ en el Libro Rojo de los Peces de Balears y citada como una de las especies beneficiadas en las islas por el denominado ‘efecto reserva’, que hace referencia a la eficacia de las áreas marinas protegidas, con sus restricciones a la pesca (fundamentalmente la pesca submarina), para garantizar la diversidad íctica. Esta morena, un gran depredador nocturno de cefalópodos, es de color gris pizarra, ligeramente azulada, con llamativas y numerosas manchas amarillas y una aleta dorsal que se extiende desde la parte posterior de la cabeza hasta el final de su cuerpo de serpiente. Suele pesar de tres a cinco kilos y medir algo más de un metro. Y sólo es agresiva si se siente amenazada, lo cual no sucede tan a menudo como suele creerse; aunque enseñe los dientes y su aspecto pueda parecer inquietante, no acostumbra a atacar. Y si abre y cierra la boca con frecuencia es porque, de esta forma, impulsa el agua a las branquias y obtiene más oxígeno. Eso sí, mejor no tentar a la suerte, porque su mordedura es penetrante y el peligro de infecciones, producidas por los restos en putrefacción que existen entre sus dientes, es un riesgo real. Durante años se creyó que este animal poseía algún tipo de veneno, pero lo cierto es que no se ha encontrado ninguna sustancia tóxica en él y se considera que el hecho de que las heridas que provoca se infecten con facilidad se debe, sencillamente, a las bacterias que pueden anidar en su boca. A pesar del riesgo de infección, que este pez se encuentre en multitud de listas de los animales marinos más peligrosos es incomprensible, como bien se puede comprobar buceando en zonas donde su presencia es habitual.
A su leyenda negra se suma la costumbre que tenían los romanos de alimentar a las morenas de sus viveros con los esclavos condenados a muerte porque creían que los peces más sabrosos eran los que comían carne humana. A decir verdad, no hay evidencias de tal costumbre y es probable que el bulo lo extendieran los cristianos para desacreditar a los romanos, pero la expresión “estar condenado a las morenas” ha pervivido a lo largo de los siglos.
De pequeño te enseñan que no hay que molestar a una morena porque corres el riesgo de perder un pie o una mano; es una de las mentiras que transmiten las madres adaptada para quienes han crecido cerca de la costa, como cuando te dicen que te quedarás ciego si te acercas mucho a la tele o que te crecerán sandías en el estómago si te tragas las pepitas. Hoy, sin embargo, los padres ya no suelen advertir a sus hijos del peligro de las morenas, probablemente porque ya no es un animal cercano con el que los niños puedan encontrarse a menudo. No se observan morenas hasta los diez metros de profundidad y hasta los cuarenta o cincuenta metros. La presión turística, la pesca y la contaminación han desplazado las poblaciones y han hecho rara su presencia en playas y zonas cercanas al litoral, donde no era extraordinario ver a estos animales hace sólo dos o tres décadas. Sin embargo, sí es corriente en cualquier inmersión alrededor de los islotes que rodean las Pitiüses, tanto que, el día que no ves ninguno, lo anotas como una curiosidad en tu diario de buceo. Quizás también el cambio climático, según apuntan los estudios sobre su impacto en las especies marinas, ha influido en que estos peces se hayan desplazado a áreas más profundas.
Hay otra especie de morena en las islas, pero verla no es tan habitual. Se trata del morenot o murión, Gymnothorax unicolor, avistado en los últimos años en es Vedrà y es Vedranell y que también está catalogado como especie ‘de preocupación menor’ en el Libro Rojo de Peces de Balears, aunque se señala que es una especie rara.

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AC2176en cala Xarraca

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La flor de las murallas

AB4644Si hay una planta que represente a las murallas de Eivissa, que crezca y prospere en ellas como ninguna otra, esa es la alcaparra o alcaparro (Capparis spinosa), también una de las más características de las islas del Mediterráneo. Para levantar la actual fortaleza, iniciada a mediados del siglo XVI, hubo que eliminar amplios huertos de alcaparras que rodeaban la antigua muralla medieval, pero la resistente planta sobrevivió al exterminio y prosperó asimismo en los nuevos baluartes y paredes. En las murallas renacentistas y en algunas torres de defensa es fácil encontrar estos arbustos, que, curiosamente, tienen en las piedras antiguas, además de en los acantilados, su hábitat predilecto. Antaño, los ibicencos se acercaban a Dalt Vila a recolectar sus frutos y sus botones florales, en tiempos en los que aún no existía una conciencia real sobre la necesidad de cuidar el recinto fortificado y antes de saber que tal planta, extendiéndose como hiedra venenosa por las piedras, podía poner en riesgo la solidez de los muros. Las alcaparras (tapareres en catalán) erosionan las paredes; sus raíces se introducen en las juntas de las piedras e incluso pueden hacer que se desprendan. Por ello, periódicamente, se elimina vegetación de las murallas para evitar que las plantas acaben cubriendo lienzos y baluartes. De esta forma, uno de los detalles más hermosos de las murallas, abundante en el Portal Nou, en la subida de sa Carrossa o detrás de la iglesia de Santo Domingo, y que en el mes de mayo ofrece grandes y hermosas flores blancas, es también una de sus amenazas.
alcaparras creciendo en las murallasEn ‘Plantas medicinales. El Dioscórides renovado’ de Pio Font Quer puede leerse que la alcaparra “abunda mucho en los muros de las Baleares y Pitiusas”. Y el escritor y político ilustrado Gaspar Melchor de Jovellanos cita en más de una ocasión la alcaparra en sus amplias descripciones del castillo de Bellver, donde estuvo preso, y en sus impresiones sobre la isla de Mallorca, dando fe de la relación de esta planta con los monumentos antiguos y de su importancia como una de las plantas características de Balears. Hablando de la primavera, escribe que es entonces “cuando la humilde alcaparra, ántes cobijada y esperando en acecho la salida de las gavillas, asoma á la tierra su verde cabeza, y tiende sobre ella sus largos y frondosos brazos, y los cubre de graciosas flores papilonáceas, que abriendo sus blandas alitas convidan las industriosas abejas para que vengan á libar el dulce néctar de su cáliz”. Las grandes flores de la alcaparra son inconfundibles. Poseen un cáliz de cuatro sépalos y una corola de cuatro pétalos blancos o rosados, de cuyo centro emergen los estambres, largos, numerosos y de un suave y hermoso color purpúreo. Las alcaparras que, habitualmente encurtidas, se usan para condimentar ensaladas son los capullos, los botones florales, de esta planta, aunque también se consumen sus frutos, los alcaparrones.

De la sección Coses Nostres de Diario de Ibiza:

http://www.diariodeibiza.es/pitiuses-balears/2017/06/03/flor-murallas/920270.html

La fotografía de la flor y parte de la información del texto se incluyen en el libro ‘101 flores de Eivissa y Formentera’

https://territorioibiza.wordpress.com/2017/04/27/101-flores-de-ibiza-y-formentera/

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