La leyenda de Alamut

DSC_3461_1911@territoriocat
En la historia de las drogas a lo largo de los siglos destaca por su halo de leyenda, de cuento de George R. R. Martin, la figura del misterioso personaje de Hasan Ibn Sabbah, líder de una secta de fanáticos ismaelitas que tenía entre sus actividades más notables matar y consumir hachís. Y que instaló su pequeño imperio a más de 1.800 metros de altura en una montaña al sur del Mar Caspio, en un lugar llamado Alamut, que significa ‘nido de águilas’. Esta orden religiosa, que usaba el hachís para convertir en adeptos a guerreros a los que luego enviaba a misiones homicidas, era conocida como la secta de los nizaríes o hassasins, palabra derivada del término hachís (adictos al hachís). Y de ahí, precisamente, y de su relación con la secta, procede la palabra asesino, mientras que Alamut suele usarse para hacer referencia a esos lugares estratégicos en las alturas en los que cabría esperar que sólo un águila se atreviera a instalar su hogar.
Las crónicas del Viejo de la Montaña y su atalaya en Alamut no son leyenda, aunque hayan recorrido los siglos mezclándose con ella. Pero quizás sí lo sea la historia, más cercana, que atribuye el nombre de s’escull des Niu de s’Àguila al hecho de que, décadas atrás, un águila construyera allí su nido, sobre esa roca en el mar, en las costas de es Cubells, que da nombre al tramo de costa frente al que se halla y que parece una pieza de ajedrez dirigiendo a la batalla a otros tres escollos que parecen desligarse del conjunto de grandes rocas que, como un saliente costero, cierran la cala por el sur. En realidad, son una hilera de al menos nueve escollos, pero sólo cuatro de ellos se elevan sobre la superficie del mar, despuntando lo suficiente como para poder ver sus siluetas sobre el horizonte. Algunas de las versiones que hoy se cuentan incluso aseguran que la rapaz que se instaló sobre el más alto de ellos era una pescadora, como las que pueden verse con cierta habitualidad sobrevolando los estanques de ses Salines. Se hace difícil, sin embargo, imaginar a un águila sobre ese escollo en particular, tan puntiagudo, estrecho y desprotegido, a merced del oleaje y las inclemencias del tiempo. Si bien es cierto que es un rincón recóndito del litoral pitiuso y que estas grandes aves instalan sus nidos en lugares elevados, el escollo no parece gozar de la suficiente altura sobre el mar y las águilas suelen buscar la seguridad de los cortados rocosos o la protección de las ramas de los árboles.
En cualquier caso, hubiera o no un nido de águilas alguna vez sobre el elevado escollo, la roca ha acabado por dar nombre al tramo de costa, de más de cien metros de longitud, que se extiende desde es Mac Giralt, un saliente de piedras al Norte, hasta la punta en la que, en el sur, los propietarios de las casas de la zona han colocado unas pasarelas de madera. La cala se halla a los pies de una colina arcillosa que uno, al observarla, se pregunta si puede acabar cediendo tras unas lluvias torrenciales igual que ocurriera en sa Caixota en septiembre de 2005. En la ladera se ha edificado un par de casas, con escaleras hasta la playa, y sus dueños han intentado en más de una ocasión privatizar la cala e impedir el paso hasta ella. De hecho, aunque no puede llegarse en coche hasta las inmediaciones de la playa, en la carretera que pasa sobre ella, en el acceso a una urbanización, existe una caseta de vigilancia para controlar quién pasa por el lugar e incluso, si cuela, intentar evitar que alguien cruce más allá de ella.
Es Niu de s’Àguila, Alamut, no es un nombre inusual para designar a aquellos lugares en las alturas que parecen idóneos para las rapaces, y que, de hecho, a menudo lo son. En Eivissa y Formentera lo hallamos también en variantes como el Mac de s’Àguila (junto a la punta de sa Guardiola), en el Cap de s’Àguila de sa Conillera (un acantilado que desciende a unos fondos magníficos para practicar submarinismo), en la punta des Niu de s’Àguila (al sur de sa Figuera Borda) o en el penyal de s’Àguila, en Sant Miquel, clásica zona de escalada. Pero ninguno de estos lugares tiene, al menos para los fotógrafos de paisaje, el embrujo de los escollos de es Cubells.

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El escarabajo de los desiertos

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fura fotografiada en Puig d’en Valls

@teritoriocat.- Le gustan las tierras secas, blancas y áridas, y los caminos desiertos y arenosos del litoral. Puedes verlo caminando bajo el sol por los senderos abiertos y moviéndose con rapidez hacia el amparo de una piedra o de una planta si se siente en peligro. Y allí permanecerá un buen rato, inmóvil y paciente, intentando pasar desapercibido. El escarabajo conocido en las islas como fura (Pimelia criba la especie de Mallorca y P. elevata la propia de las Pitiüses) es el endemismo más conocido de cuantos existen en el grupo de los coléopteros tenebriónidos, una extensa familia de la que las Pitiüses cuentan con una buena representación, incluso con endemismos circunscritos a algunos islotes. Y teniendo en cuenta que los escasos estudios existentes sobre la mayoría de los insectos no permiten disponer de una información completa sobre especies y poblaciones.
En el extenso informe ‘Biogeography and ecology of the Pityusic islands’, editado en 1984 por los investigadores Kuhbier, Josep Antoni Alcover y Guerau d’Arellano, se señala que este escarabajo detritófago es “muy abundante” tanto en Eivissa como en Formentera, así como en s’Illa des Penjats y en ses Bledes. Aseguran los autores que “presenta actividad tanto diurna como crepuscular y se puede ver corriendo a pleno sol o al atardecer en dunas litorales, caminos y campos cultivados”. Más de tres décadas después, el biólogo Joan Carles Palerm, presidente del Grup d’Estudis de la Naturalesa (GEN), asegura que sigue siendo un coleóptero común y fácil de encontrar “tanto en ambientes arenosos como en cualquier campo de cultivo”. Además, con su redondo cuerpo negro y sus élitros estriados, esta especie no puede confundirse con ningún otro de los escarabajos que pueblan las Pitiüses, aunque hay que señalar que se ha detectado que los individuos de Formentera muestran rasgos diferenciados (un tamaño algo mayor, igual que el órgano copulador), lo que podría dar lugar, en el futuro, a un nuevo taxón.
La especie Pimelia elevata fue descrita por primera vez en el año 1887 por el entomólogo francés Hippolyte Sénac, aunque la clasificó como una variedad de P. criba, el coleóptero que ya se había inventariado en 1836 y presente en Mallorca y Menorca. Ya entonces se planteó la posibilidad de que existiera una diferencia esencial entre las islas, que el propio Sénac reconoció, aceptando el punto de vista del zooólogo valenciano Laureano Pérez Arcas, que había observado que los ejemplares ibicencos tenían los dibujos de los élitros distintos. En cualquier caso, la variedad pitiusa no fue clasificada como un endemismo distinto al del resto de Balears hasta 1940, cuando se elevó a la categoría de especie.
Respecto a su nombre popular, se desconoce si su denominación se debe a su costumbre de excavar agujeros en la tierra, pero comparte el nombre común de fura con un mustélido, el hurón, que tradicionalmente los cazadores de las islas domesticaban y usaban para sacar a los conejos de sus madrigueras.

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El rugido del tritón

DSC_1539Cristina Amanda Tur @territoriocat
Cuando está vivo no sabe chillar, pero una vez muerto grita muy fuerte. Es una clásica adivinanza que hace referencia al uso de las conchas vacías de los tritones (moluscos del género Charonia) para emitir, soplando por su ápice, un intenso y prolongado sonido que antaño se usaba para dar la voz de alarma ante la presencia de piratas en la costa o para vender pescado. Tal uso del molusco se conoce como brular es corn y la voz de alarma que con él solía darse era el toc d’avalot. Y en las excavaciones llevadas a cabo en el terreno del antiguo cine Serra, donde se han hallado los más antiguos vestigios del sistema árabe de ses feixes, se ha encontrado también un viejo corn, una de estas conchas de caracola. Su punta partida y limada no deja lugar a dudas de que fue usada para hacerla sonar.
Josep Torres Costa, el arqueólogo encargado de los trabajos de este yacimiento, explica que la concha fue hallada “a un nivel de colmatación y amortización de un gran canal de agua, uno de los ejes principales del sistema de irrigación de ses feixes (los bancales)”, creadas por los musulmanes que habitaron la isla entre 902 y la conquista catalana, en 1235. Durante el inventariado de las piezas y el análisis de la información reunida en la excavación, ya finalizada, los arqueólogos han llegado a la conclusión de que el tritón pertenece “a un nivel arqueológico del siglo XII, el mismo en el que también han aparecido algunas vasijas”. En cuanto al uso que a esta caracola de punta truncada pudieran haber dado, sólo se puede especular. Y aunque corresponde a la misma época en la que el enclave musulmán que era Eivissa sufrió, tras semanas de asedio y batallas, la toma de la ciudad por una armada aliada de pisanos y catalanes, en el año 1114, lo que hubiera dado más de una ocasión para dar voces de alarma con caracolas cortadas, lo más probable es que este corn lo perdiera “algún pescador de aquel tiempo, cuando pescaba anguilas en los canales de ses feixes”. El paso de los siglos ha pulido sus relieves y deslustrado las capas de nácar y conquiolina de su concha, que originalmente presenta manchas de colores marrones, amarillos y rosados.
El molusco gasterópodo marino al que pertenece esta caracola es el más grande del Mediterráneo, de la especie Charonia lampas (o C. nodifera), que puede medir hasta cuarenta centímetros. Existen otras especies del mismo género en distintos lugares del mundo, en los que también se han usado, o se usan todavía, sus conchas para emitir sonidos, a menudo como algo similar a una sirena de barco. Pero C. lampas es la especie propia del Mediterráneo, presente también en aguas próximas del Atlántico. Su nombre común es simplemente caracola, la caracola por antonomasia, o tritón del Mediterráneo, con lo que comparte denominación con un anfibio, con un satélite de Neptuno y con el dios mensajero de las profundidades marinas, que, precisamente, era representado soplando una caracola, como si fuera una trompeta, para agitar o calmar las olas. Su nombre científico, sin embargo, tiene tanto relación con la muerte como con el agua, ya que hace alusión a Carón o Caronte, el barquero de Hades, el encargado de guiar a las almas por la laguna Estigia o el río Aqueronte (según las fuentes mitológicas que se tengan como referencia).
CAPTURA PROHIBIDA
Antaño, los tritones del Mediterráneo fueron abundantes en todas las islas del archipiélago, pero, en la actualidad, las poblaciones de esta especie de molusco están en seria regresión debido a la sobrepesca y a la contaminación del litoral. Charonia lampas está clasificada como especie Vulnerable en el Catálogo Español de Especies Amenazadas y su captura está prohibida en Balears. Su progresiva desaparición ha conllevado una mayor proliferación de los equinodermos de los que se alimenta, principalmente de estrellas de mar, que serían más abundantes si, a su vez, sus poblaciones no fueran arrasadas por las redes de arrastre y la recolección ilegal como objetos decorativos.

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La bahía de la escollera partida

DSC_6260Cristina Amanda Tur
Hace un siglo, entre es Viver y Platja d’en Bossa, se adentraba en el mar un cabo en el que se erigía un molino de viento y en el que destacaba una pequeña rada al sur en la que hallaban refugio los patrones de las barcas de vela y remos que ya entonces solían realizar el trayecto entre Eivissa y Formentera. Hoy la torre del molino está integrada en la piscina del hotel Torre del Mar, hay una playa artificial, en la punta se ha construido una escollera, la bahía ha quedado cerrada y en ella amarran y fondean pequeños barcos particulares. La punta de sa Mata se ha prolongado en sa punta de Baix, que es como se conoce al extremo en el que se halla la escollera, cortada en su inicio de tan curiosa manera que buena parte de ella y de las embarcaciones que se amarran a sus bloques han quedado separados de tierra firme, como una alargada isla de barcas protegiendo la bahía.
La rada es hoy un pequeño puerto de embarcaciones privadas gestionada por una asociación de propietarios. Su presidente, Joan Roig, explica que el boquete en el espigón se abrió por decisión de técnicos del Ayuntamiento que creyeron que, de esta forma, se evitaría la acumulación de hojas muertas de posidonia y lodos en la pequeña playa, que tuvo que ser dragada a inicios de los 90 por el mal olor y las quejas de hoteleros y vecinos. En realidad, Roig asegura que el efecto es el contrario, “porque cuando el temporal viene de La Mola, de Formentera, el alga entra por ese agujero y se queda dentro de la bahía”. Joan Roig recuerda que él llegó con su embarcación al puerto hace poco más de cuarenta años. Entonces ya existía la escollera y otros patrones dejaban ahí sus barcos, pero aún tardaría unos años en existir la asociación con la que, ahora, los propietarios defienden ante el ayuntamiento su derecho a seguir en el lugar.
Rememora Roig los meses en los que se estuvo regenerando este improvisado puerto y a un comandante que ayudó en el proceso, “que venía con la patrullera para controlar cómo se hacían los trabajos y que al final coordinaba cómo se iban situando las embarcaciones para permitir trabajar, por zonas, a la draga pequeña que trajeron. Si no hubiera sido por él nos habrían obligado a sacar todos los barcos, porque la intención era sacarnos de allí y no dejarnos entrar más”. El militar al que se refiere es Juan Antonio Muñoz, que fue segundo comandante de la Comandancia de Marina de las Pitiüses y que, no mucho después del dragado de sa Punta de Baix fue herido, en junio de 1992, en un atentado de ETA.
Los barcos no abandonaron el puerto y hoy hay algo menos de una cincuentena. Todos sus propietarios forman parte de la asociación y pagan, al hacerse socios, una “cuota voluntaria” de cien euros, dinero que reservan por si hubiera que costear pleitos “con el Ayuntamiento o con Costas” si algún día decidieran, finalmente, echarlos de la bahía. Con ese dinero también se pagan las boyas numeradas que recibe cada nuevo socio para instalarse en la rada. Y todos son conscientes de que tal desembolso no les da derecho exclusivo sobre el uso del puerto, que “si un día llega alguien con su barco y su ‘muerto’ y se mete allí, nosotros no podremos impedírselo”. El problema, sin embargo, es la posibilidad de que, un buen día, el Ayuntamiento decida desmontar el improvisado espigón y echar los barcos de allí para que la playa sea usada por los bañistas, principalmente turistas de los hoteles cercanos, cuyos responsables son quienes, a lo largo de los años, han reclamado a las instituciones el privilegio de la playa.
La playa, por cierto, no existía hasta hace casi tres décadas, cuando la bahía refugio se cubrió prácticamente entera de arena, desde el muelle de las barcas turísticas de Formentera que cierra el puerto por el sur hasta los escollos de sa punta de sa Mata. Antes de eso, el mar llegaba hasta los cuatro o cinco metros de hierba que actualmente pueden verse a los pies del muro del hotel Torre del Mar. Y, desde que se convirtió la zona en playa y con el paso de los años, el oleaje ha ido devolviendo, paulatinamente, la arena al mar, dejando más espacio a las barcas. La escasa profundidad de la ensenada solo permite que fondeen en ella embarcaciones de muy poca eslora, aunque Roig explica que hay “dos o tres” veleros pequeños a los que les han cortado la orza para poder amarrar en el lugar. “Más de un barco ha quedado aquí encallado en la arena”, afirma Roig.
La punta de sa Mata, el punto de la costa más cercano a s’Illa de ses Rates, es la frontera entre es Viver y Platja d’en Bossa. Y su nombre se repite algo más al sur, en el extremo que cierra la citada playa; la punta de sa Sal Rossa también se conoce como punta de sa Mata.

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Las formas de la reina blanca

DSC_1862_1724No todas las almendras son iguales. Para empezar, en su estado silvestre y si el almendro no fuera cultivado, prácticamente todas serían amargas y, por tanto, todas tendrían tanta cantidad del compuesto que crea el ácido cianhídrico (el cianuro que usaran los nazis en las cámaras de gas) que no podrían comerse sin envenenarse. Fue el hecho de que en la naturaleza se encontraran, ocasionalmente, algunos árboles con almendras dulces lo que llevó, por un proceso de selección de estas variedades comestibles, hacia los cultivos actuales. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que las almendras tiernas, aunque sean de la variedad dulce, también contienen dosis importantes de amigdalina, el glucósido que puede liberar ese mortal cianuro.
Y más allá de la distinción entre amargas y dulces, existen en las islas decenas de variedades de almendra con nombre propio que complican la cuestión hasta el punto de que resulta arriesgado ofrecer un número concreto de los ecotipos de este fruto existentes en los campos pitiusos. En el libro de 1907 ‘El almendro y su cultivo en el mediodía de España e Islas Baleares’, de Pedro Esterlich (agrónomo provincial de Balears), se recogen 384 variedades en Mallorca y se describen ocho del tipo mollar originarias de Eivissa. Josep LLuís Juan, técnico de Promoción Agroalimentaria del Consell D’Eivissa e integrante del grupo de trabajo que se ha creado en la isla para recuperar el almendro, explica que las almendras mollar “eran, antiguamente, las más importantes, aunque la verdad es que hoy estas variedades están en declive. De ellas ya hay referencias escritas en 1840”. La almendra mollar (nombre que hace referencia a que la cáscara es blanda; molla en ibicenco) es conocida también como fita, y en el citado libro se usan los dos nombres y el de fita de Eivissa, porque “se tiene en estima y es base del cultivo en la isla de Ibiza, donde se paga mucho más cara que la almendra ordinaria”. El autor destaca y recomienda la mollar blanca, que aunque presente en Mallorca, “en Ibiza hay la verdadera”, y a la que también denomina reina blanca. Cita, asimismo, como procedentes de Eivissa, la avellana, la mollar de canal, la pico de cuervo y la princesa. Y una en especial que los mallorquines llamaban ervisenca y que se ha descubierto, con pruebas genéticas, que era la misma a la que hoy conocen como pons en muchos lugares de Mallorca.
DSC_0040almondsUn siglo después, las variedades ibicencas siguen teniendo sus particularidades. La más curiosa es la que marca una frontera en Sant Rafel. “Al Norte se conocen unas variedades y al Sur otras”, cuenta el técnico del Consell, que añade, como ejemplo, “que la variedad pau está muy valorada en la isla y es muy común en el Norte desde hace mucho tiempo, pero en la zona Sur no se encontraba hasta hace veinte o treinta años”. En Corona hay plantaciones de pau y fita, “pero además hay espineta, que no se conoce fuera del Pla de Corona”.
Todos estos ecotipos se distinguen y clasifican en función de la dureza del endocarpo (la cáscara). Son duras las que necesitan un martillo o un cascanuces para partirlas, son semiduras las que se pueden partir con los dientes y son blandas las que se pueden abrir empleando simplemente los dedos. Y lo cierto es que estas variedades agrarias pueden crecer en número tanto como fincas haya. “Con el tiempo, se han ido filtrando las más buenas”, indica Josep Lluís Juan. En un estudio del Grup Leader, se identifican hasta veinte variedades: bernardina, gall, desmayo, marcona, fita, pau, patrona, fita prim, naranja, fita roig, pueta, mollar blanca, mollar blanda, mollar de Can Joan, mollar de pera, pujoleta, mollar punta, mollar redó, mollar roig, bec de corb y mollarica (llamada también mollareta o cáscara de papel) .
En los años 60, en ‘La agricultura en Ibiza’, una publicación de la Cámara de Comercio, Juan María Serra Ubach hace referencia ya a cinco de esas variedades pitiusas: fita, mollar, dura, pau y mollarica. Además, sitúa la producción de almendra en tres mil toneladas. “Ahora”, lamenta Josep Lluís Juan, esta cantidad “no llega a setenta”. A este respecto, el técnico, que especifica que en el Pla de Corona se cultivan 250 hectáreas de almendro, asegura que los árboles de la isla “están en el límite de su vida útil”. Son almendros centenarios que ya no tienen una gran producción, “y el mayor problema es que sus cuidadores, la gente mayor, payeses que ya tienen 80 años, son los que se van. Cada uno de ellos que se va, son diez hectáreas que desaparecen porque se sejan de cuidar”. Con este panorama de entrada, la mesa de trabajo creada para recuperar el almendro ibicenco tiene entre sus objetivos lograr que la almendra ibicenca sea rentable para nuevos payeses, recuperar las variedades tradicionales y renovar las plantaciones. De momento, se han repoblado dos hectáreas de almendros, las primeras plantaciones que se realizan en cuarenta años y un primer paso en la recuperación de este emblemático árbol que los fenicios introdujeron en las Pitiüses. En las islas, según el estudio del Grup Leader, los almendrales florecen entre quince y treinta días antes que en la Península, y su floración se adelanta año tras año.

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La cueva inclinada

DSC_2943_2022 eel faro de sa Punta Grossa desde la cueva

el faro de sa Punta Grossa desde la cueva

Cristina Amanda Tur @territoriocat
Entre sa Punta Grossa y sa Punta des Jonc, al Noreste de sa Cala, se abre un ancho golfo que recibe el nombre de es Clot des Llamp. Dibuja una curva en cuya mitad destaca, introduciéndose en el mar como una lanza, sa Punta des Forn. Y en ella existe una curiosa cueva inclinada cuyas paredes parecen formadas por láminas de roca y cuyo suelo recuerda a la configuración de curvas que deja la lava al solidificarse. En los huecos de esas curvas se forman charcos de agua de mar, cocons, donde la evaporación crea láminas de cristal de sal, como pequeñas pistas de hielo, que años atrás eran recogidas por muchos ibicencos.
Las formas que adoptan las piedras en esta cueva y en toda esta zona cuentan una historia. Una historia geológica. Cuentan cómo se modeló la isla de Eivissa en el periodo Jurásico. “Son materiales del Kimmeridgiense” (uno de los últimos escalones del Jurásico), explica el geólogo Luis Alberto Tostón, muy similares a los que pueden encontrarse también en la mola de sa Caleta, aunque más espectaculares. “Son las mismas ritmitas de calizas y margas tableadas, pero aquí se ven en todo su esplendor”, señala el geólogo, que destaca la claridad con la que se revelan las formaciones tableadas y la alternancia de los materiales (lo que se conoce como ritmitas). Son formaciones “fracturadas, plegadas y tan verticales que hablan a las claras de esa deformación que ha sufrido la isla para llegar a ser lo que es”, indica el experto.
Sa cova de sa Punta des Forn es un hueco inclinado, frío y húmedo desde cuyo interior se observan los restos del faro de sa Punta Grossa sobre el acantilado y los escollos de sa Farola. Desde su entrada, muy cerca de la orilla rocosa, puede contemplarse la zona de sa Penya Blanca y ses Deixes, donde también se perciben similares materiales a capas, recuerdos del Jurásico. Y aunque todos estos lugares, en la misma bahía, son conocidos como es Clot des Llamp, este topónimo se aplica más concretamente al recodo que se encuentra detrás de la cueva, al Noroeste de sa Punta des Forn, sobre la que se asienta la piscina de la urbanización d’Allà Dins, cuya pared de protección hay que saltar para poder descender hasta el mar.
Teniendo en cuenta que no se conoce de la existencia de ningún horno en los alrededores, ni ahora ni antiguamente, el nombre, tanto de la punta como de la cueva, resulta ser un misterio. Una circunstancia que permite al experto en toponimia Enric Ribas especular sobre sus orígenes. Existen, explica en el libro ‘La toponímia de la costa de Sant Joan de Labritja’, varios lugares que tienen la palabra ‘forn’ incluida en su nombre y, aunque no tienen hornos, sí tienen en común la presencia de cuevas o cavidades. A partir de ahí retrocede hacia la antigua palabra ‘forna’, que, con el significado de cueva pequeña o agujero en la roca, puede encontrarse en diversos topónimos de comarcas catalanas y de algunas zonas de habla castellana, gallega o portuguesa. Y todos son topónimos procedentes del latín ‘furnus’ y de derivados de la misma palabra como ‘fornix’, que también significa túnel o roca horadada. De esta forma, considera que los topónimos ibicencos que usan la palabra ‘horno’ sin que haya alguno en los alrededores podrían ser de origen precatalán y hacer, así, referencia a las cuevas. La cova de sa Punta des Forn podría traducirse entonces por la cueva de la Punta de la Cueva.

De la seción Coses Nostres de Diario de Ibiza:

http://www.diariodeibiza.es/pitiuses-balears/2018/04/02/cueva-inclinada-ibiza/979540.html

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Ven al lado oscuro

DSC_1403contaminación lumínica de Vila desde los campos de Santa Gertrudis

contaminación lumínica de Vila desde Santa Gertrudis

Cristina Amanda Tur @territoriocat

En abril y mayo, la Tierra cruza un enjambre de meteoros del cometa Halley que da lugar a la lluvia de las Eta Acuáridas. En octubre, vuelve a cruzar el campo de rocas del cometa y se producen las Oriónidas. A mediados de agosto, la cita para noctámbulos es con la lluvia de las Perseidas. Son algunos de los fenómenos astronómicos interesantes que se esperan este año. Sin embargo, para observar bien una lluvia de estrellas, los astrónomos recomiendan alejarse de núcleos urbanos y buscar zonas oscuras. Y la posibilidad de encontrar el lugar idóneo es cada vez más complicado en unas islas en las que existe, desde el año 2005, una ley de protección del cielo nocturno que nunca se ha aplicado y donde la urbanización sigue avanzando, llenándolo todo de luces que van borrando estrellas a su paso.
“Vemos menos estrellas que nuestros abuelos, que podían observar a simple vista objetos hasta tres veces menos brillantes”. Así se indica en un informe de la Agrupació Astronòmica d’Eivissa (AAE), que reivindica los cielos oscuros y reclama de las instituciones el desarrollo de una normativa que permita preservar y aumentar zonas no contaminadas y planificar de forma más eficiente y menos agresiva la instalación de luces, empezando por el alumbrado público. La AAE ha realizado el primer estudio sobre la calidad del cielo nocturno de la isla y ha llegado a la conclusión de que “el estado general aún es bueno” pero tiende a empeorar y lo hace con rapidez, por lo que no hay que bajar la guardia, hay que proteger lugares aún no contaminados e incluso reducir la iluminación ya existente. La zona de Es Amunts, una pequeña área del litoral de Pou dés Lleó, la falda suroeste de sa Talaia de Sant Josep (entre ses Roques Altes y Cap Llentrisca) y en particular el espacio en Cala d’Hort en el que se halla el observatorio astronómico permanecen aún libres de contaminación. Es una de las conclusiones del estudio, que ahora sirve de base a la agrupación para negociar con las administraciones normativas que asuman toda una serie de medidas que permitan un uso racional de la iluminación nocturna y con ello la reducción de la contaminación lumínica. Cuestiones como suprimir las luminarias que dispersen la luz hacia el cielo, el exceso de luces led blancas o las farolas superfluas se encuentran en el paquete de propuestas. En definitiva, lo que pretende la AAE es que, al igual como ya está haciendo el Consell de Menorca, Eivissa desarrolle en un reglamento la Ley 3/2005 de 20 de abril, de protecció del medi nocturn de les Illes Balears, que firmó en su día el presidente Jaume Matas y que ninguna institución parece conocer.

DSC_2588el aeropuerto, uno de los principales focos de luz de la isla

el aeropuerto, uno de los principales focos de luz de la isla

Y los efectos del brillo del cielo nocturno van más allá de resultar una molestia para observar las estrellas. Mucho más que un capricho de astrónomos, astrofotógrafos y apasionados de los cuerpos celestes, la oscuridad es necesaria para el ciclo vital de animales entre los que se incluye el ser humano. Las crías de aves marinas se desorientan con la iluminación excesiva, animales nocturnos primordiales para los ecosistemas como los murciélagos mueren persiguiendo insectos en trampas de luz y las personas sufren trastornos del sueño e incluso tienen un mayor riesgo de padecer cáncer porque se desajusta un reloj biológico que necesita de la alternancia de luz y oscuridad para funcionar correctamente. “Hablamos de efectos múltiples y variados, porque este desajuste afecta a la fisiología en general” explica Marian Rol de Lama, profesora titular del departamento de Fisiología de la Universidad de Murcia y experta en Cronobiología, una especialidad que ha cobrado renovada importancia porque el último premio Nobel de Medicina ha sido concedido a tres investigadores por sus descubrimientos sobre los ritmos circadianos. “El sistema circadiano no es muy conocido y la gente no suele ser consciente de la importancia que tienen la luz y la oscuridad en nuestras vidas, pero el Nobel ha puesto la Cronobiología en el mapa”, asegura Rol de Lama, que explica que la sucesión de luz y oscuridad es vital “para ajustar nuestro reloj, pero cada vez más estamos expuestos a un exceso de luz artificial que envía a nuestro cuerpo señales equivocadas”. Y en este proceso cumple una función primordial la hormona conocida como ‘la oscuridad química’, la melatonina, que se eleva por la noche con la oscuridad y es clave para ajustar el reloj biológico: “es como las manecillas del reloj”. Y si, por ejemplo, por las ventanas entra demasiada luz de un alumbrado público inadecuado, de carteles publicitarios o de bares, se inhibe la producción de melatonina. El déficit de esta hormona, a grandes rasgos, puede provocar trastornos del sueño, depresión o aceleración del envejecimiento.

DSC_2606las contaminación lumínica de Platja d'en Bossa y Vila reflejada en las nubes

contaminación lumínica de Vila y Platja d’en Bossa desde sa Sal Rossa

LA LUZ AZUL
Además, no todas las luces el mismo efecto. “Las nocturnas deben ser lo menos azules posibles”, señala la experta, porque “el día tiene mucha luz azul, y de noche le dice a tu sistema circadiano que es de día”. También los expertos en murciélagos conocen esa diferencia entre los diferentes espectros de luz; estudios recientes apuntan a que las luces blancas (o azules) alteran el comportamiento de algunas especies de quirópteros. El biólogo Jordi Serra Cobo, de la Universidad de Barcelona y quien fuera el creador del centro de Investigación de Infecciones Víricas de Balears, indica que el mayor problema del exceso de luminosidad para los murciélagos es que muchos de ellos mueren arrollados al acudir a los enjambres de insectos que se congregan en torno a las farolas de las carreteras. Es decir, la iluminación varía los hábitos de muchos artrópodos y se convierte en un cebo mortal para los quirópteros, sobre todo para las especies que vuelan más bajo. Tal circunstancia ha motivado que en muchos aerogeneradores se instalen luces rojas en lugar de blancas para evitar atraer insectos y que los murciélagos mueran en las aspas al ir de caza. La contaminación lumínica es también una cuestión del tipo de luz y de su color y los pequeños detalles marcan diferencias.

DSC_1951la línea de farolas de la carretera de Sant Antoni

la línea de farolas de la carretera de Sant Antoni

Pero las luces blancas o azules, sobre todo los emisores led, inundan las calles de Eivissa, incluyendo las murallas, donde muchos focos del monumento difunden su luz hacia arriba. Incluso en la misma calle en la que se encuentra el Observatorio de Puig des Molins, las farolas emiten esa claridad blanca, iluminando inútilmente el cielo y sin que nadie en el Ayuntamiento haya tenido en cuenta que allí está el telescopio desde el que, cada año, cientos de personas observan la luna.
Las aves marinas representan otro grupo de animales cuyas poblaciones se ven seriamente afectadas por el exceso de luz. En este caso, por la luz del litoral urbanizado. El caso más conocido en las islas es el de los pollos de virot y baldritja (pardela balear y pardela cenicienta) que, al emprender su primer vuelo, se sienten atraídos por las luces de la costa y se desorientan. El biólogo Miguel McMinn, especializado en este tipo de aves, explica que se considera que estas crías usan la posición de la luna y las estrellas reflejadas en el mar para guiarse pero “reciben una sobrestimulación que hace que se pierdan y puedan acabar desorientadas en las calles, atacadas por gatos o atropelladas”. Es algo muy similar a lo que les ocurre a las tortugas marinas cuando acuden a desovar a playas cada vez más urbanizadas.
McMinn señala que “en países más sensibilizados con la biodiversidad, en algunas islas del Pacífico, las zonas costeras cercanas a colonias de aves marinas apagan sus luces nocturnas durante la temporada en la que los pollos abandonan el nido”, un periodo que puede prolongarse una o dos semanas. Y algo más cerca, en Malta, ya se está estudiando la posibilidad de reducir la iluminación en las zonas más próximas a las colonias.
“La luz también afecta a otros grupos de aves, que pueden variar su ciclo vital”, añade el biólogo, que pone como ejemplo que “en zonas urbanas, hay mirlos cantando a las 12 de la noche”. También hay estudios que revelan que la luz artificial excesiva influye negativamente en los ritmos circadianos de las aves y desorienta a las especies migratorias en sus largos vuelos nocturnos.
Y si todos estos efectos negativos de la excesiva luminosidad del cielo no fueran suficientes, a la ecuación hay que sumar el hecho de que una ineficiente disposición de las luces y las instalaciones innecesarias implican un desperdicio de energía y, por tanto, de dinero. Y contribuyen a acelerar el cambio climático y a la generación de residuos.
El estudio del brillo del cielo nocturno ibicenco, llevado a cabo por la AAE con un fotómetro sky Quality prestado por la Sociedad Española de Astronomía, revela, sin que ello haya sido una sorpresa, que las zonas con mayor contaminación lumínica de la isla son las áreas de Vila, el aeropuerto, la zona sur del municipio de Sant Josep (Platja d’en Bossa) y las carreteras que unen Vila con Sant Antoni y Santa Eulària. Y la situación empeora en los meses de verano y año tras año. La AAE considera que buena parte de esta contaminación podría evitarse con una gestión más inteligente del alumbrado, escogiendo mejor los sectores que es necesario alumbrar y cómo hacerlo, limitando los horarios de la iluminación monumental, ornamental y publicitaria, prohibiendo cañones de luz y proyectores que envíen luces al cielo y teniendo en cuenta los niveles máximos de iluminación de seguridad recomendados por los organismos luminotécnicos internacionales (el Instituto Astrofísico de Canarias o la Comisión Internacional de Iluminación). La agrupación ibicenca recuerda que el cielo nocturno estrellado es parte del paisaje y parte del patrimonio de una comunidad porque distintas son las porciones de la bóveda celeste que son visibles en diferentes puntos del planeta, la denominación de sus astros y su interpretación. Además, un cielo con la calidad oscura adecuada puede constituir, como bien saben en La Palma o en el Teide, un potencial atractivo turístico para las islas. Sin las buenas condiciones que aún conserva la zona de Cala d’Hort en la que se encuentra el telescopio, la asociación ibicenca no habría podido descubrir los más de dos centenares de asteroides que ha registrado en los últimos años.
La AAE forma parte de la asociación Cel Fosc y participa en el proyecto NIXNOX de la Sociedad Española de Astronomía para identificar los lugares de España en los que aún puede disfrutarse de la oscuridad y concienciar a las instituciones y a la población de la necesidad de preservarlos. Posee dos estaciones fijas para la medición de la contaminación lumínica (Sky Quality Meter), en Sant Jordi y en Cala d’Hort, que envían la información a la Red Española de Estudios sobre la contaminación Lumínica (REECL). Los datos que se registran y el trabajo que estas organizaciones realizan apoyan las reclamaciones de la comunidad astronómica para que las distintas administraciones asuman su responsabilidad. Para que no sigan borrándose estrellas del cielo. En palabras de la Unesco, “las personas de las generaciones futuras tienen derecho a una Tierra indemne y no contaminada, y eso incluye el derecho a un cielo puro”.

DSC_0685el numero de estrellas que pueden verse se reduce con el brillo de las luces

el número de estrellas que pueden verse se reduce con el brillo de las luces

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