Cristal oscuro

trozos de vidrio recogidos en diferentes playa de Eivissa

cristales recogidos en Eivissa.CAT

Cristina Amanda Tur @territoriocat

En sa Caleta, sa Sal Rossa, Benirràs, Cala Tarida, Port de Sant Miquel, Cala d’Hort o Cala Boix, entre arena, restos de algas y foraminíferos, brillan pequeñas piezas pulidas de cristal, restos de botellas rotas arrojadas algún día, mucho tiempo atrás, al mar. Son verdes, marrones y blancas y ello ofrece una idea muy aproximada sobre su procedencia; es decir, hay gran cantidad de lo que antaño fueron botellines de cerveza. Sus cantos redondeados y su pulimento mate dan cuenta de los años, décadas o siglos, en las que los cristales han estado erosionándose por la accion de viento y mar y la fricción con arena y roca. El desgaste ha transformado en amagos de gema lo que fue un residuo cortante, basura lanzada al mar y con la que cualquiera corría el peligro de cortarse. Tras este proceso y visto el resultado, la pregunta que cabe plantearse es si la transformación debe entenderse casi como una mutación capaz de pasar de considerarlo basura que hay que eliminar a valorarlo como parte de la singularidad de una playa. A fin de cuentas, el cristal no es más que dióxido de silicio procesado, y el sílice es el componente principal de la arena, aunque no todas las arenas estén formadas del mismo material. Tal vez no haya tanta diferencia. 

En playas de Eivissa como las citadas de ejemplo, los pedazos de cristal, aunque muy visibles y comunes, no transforman el paisaje. Pero existen calas, en otros lugares del mundo, en las que los miles de cristales de colores que las constituyen se han convertido en su principal atractivo. La playa del Bigaral, al sur de Luanco (Galicia), y otra playa en la Costa da Morte, en el municipio de Laxe, son dos ejemplos españoles de enclaves que, si son conocidos, es precisamente por sus cristales. Glass Beach del Parque estatal MacKerricher y la playa de Davenport, en California las dos, y la playa de Steklyashka, en Rusia, son dos buenos ejemplos de fama internacional. Hay calas similares en Hawai, Bermudas y en Bahamas. Son todas playas, sin embargo, que si hoy son interesantes por sus cristales ello es debido a actos incívicos previos que la naturaleza ha reinventado a su manera, arreglando el estropicio con la paciencia de la erosión. Son, en definitiva, el resultado de usar la costa, durante decenios, como vertedero. Y la de Rusia incluso tuvo cerca una fábrica de porcelana que arrojaba allí sus desperdicios; ahora está llena de trozos de vidrio y cristales de botellas de vodka. 

Tal es la importancia de estos rincones costeros, a menudo denominados ‘playas de los cristales’, que es habitual que esté prohibido llevarse las piezas que les dan nombre. El argumento es sencillo; los cristales ya no cortan, no suponen un peligro pero sí convierten las playas en paisajes originales. Aunque no sea natural. Incluso se hace referencia a estas piezas como vidrio marino, se usan como cuentas en joyería y hay coleccionistas que buscan las mejores en playas de todo el planeta.

Y ante todo ello, a los grupos y organizaciones que se dedican a la limpieza de playas y a la conservación del medio marino se les plantea la cuestión de si los cristales pulidos deben considerarse basura y retirarse o si no vale la pena dedicarle esfuerzos y resulta más práctico dejarlos donde están. Organizaciones ecologistas de distintos lugares del planeta toman decisiones al respecto y adoptan como principio que aquello que mayor mal causa a los ecosistemas, es decir, el plástico, tiene prioridad frente a un material que ya no causa estragos al medio marino. La mayor parte de los grupos de voluntarios que recogen desperdicios en el litoral ibicenco, sin embargo, aunque cierto es que tienen como principal razón de ser la retirada de plásticos, también cogen y contabilizan los fragmentos de cristal con el razonamiento de que ello no forma parte de la naturaleza. Aunque se haya añadido ya al ecosistema. Sílice que regresa a sus orígenes, aunque fuera procesado para ser algo más que dióxido de silicio. 

Agnès Vidal, educadora ambiental del Grup d’Estudis de la Naturalesa (GEN), explica que en los muestreos en las playas, por el sistema empleado, se recoge tanto plástico como cristal y que, una vez analizadas las muestras e identificados los microplásticos, tampoco los pedazos de vidrio, aunque no se contabilicen, regresan a las orillas, porque “no es un elemento natural”. 

Xisco Sobrado, técnico del área marina del GEN, considera que hay que tener en cuenta que el coste-beneficio de retirar estos residuos es muy grande. Y resalta que “es mejor actuar en el origen que en la playa”. Es decir, y el argumento vale tanto para el plástico como con el cristal, es mejor no crear residuos que tener que recogerlos; o tener que plantearse si vale la pena hacerlo. 

En este sentido, los datos de la isla revelan que el reciclaje empieza a estilarse tanto como limpiar playas. Eivissa y Formentera lideran el crecimiento en la recogida de vidrio en Balears y lo hacen con una media de 39 kilos por persona depositados en el contenedor verde el año pasado, según los datos que recientemente ha aportado Ecovidrio y que los medios de las islas han publicado. En el archipiélago se reciclaron, durante 2018, 45.187 toneladas de vidrio, un incremento del 4,2 por cientop respecto a 2017; en Menorca y Mallorca, la media por persona fue de 25 y 24 kilos. Sin embargo, ningún dato nos dice si, en realidad, Eivissa y Formentera generaron más basura y por ello se vieron obligados a reciclar más 

Ello nos lleva un paso más atrás. Y es que lo más importante, antes de recoger basura en las playas y antes del reciclaje, es el consumo responsable; reducir la generación de residuos, de cualquier tipo, siempre es mejor que tener que reciclarlos. Un concepto en el que los portavoces del GEN han incidido con constancia. 

Desde la asociación Noctiluca, organización recientemente creada para la divulgación de la ciencia marina,  también señalan que los vidrios de mar no son dañinos y que, aunque entienden que siguen siendo residuos, “no bióticos”, no pasa nada por dejarlos y que “formen parte del ecosistema social del mar”. La clave sigue siendo establecer prioridades también en cuanto a los problemas que sufre el ecosistema marino.

Los cristales de mar, en realidad y para ser más precisos, suelen ser vidrios, una distinción de carácter científico que distingue las copas de las botellas por los componentes con los que se fabrican. El vidrio de las playas es cristal oscuro, aquel que, una vez roto y pulido por las mareas, plantea confusión entre basura y especie de joya, y hay que decidir si hay que buscar las esquirlas, como en el clásico de Jim Henson, o dejar que el mar se las quede para seguir puliéndolas. 

LA CLAVE. PAISAJES TRANSFORMADOS

En playas de diferentes partes del mundo, los pedazos de vidrio pulidos, o incluso trozos de porcelana, han logrado transformar el paisaje y convertirse en el principal atractivo de tales enclaves, en los que a menudo se prohíbe llevarse tales piezas. La playa del Bigaral, al sur de Luanco (Galicia), y otra playa en la Costa da Morte, en el municipio de Laxe, son dos ejemplos de las denominadas ‘playas de los cristales’.

Publicado en la sección Coses Nostres de Diario de Ibiza

 

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Acerca de territoriocat

Cristina Amanda Tur (CAT). Licenciada en Ciencias de la Información y diplomada en Criminología Superior. Compagino periodismo y criminología con la novela policíaca. En periodismo, he pasado de la sección de sucesos (sin abandonarla completamente) a realizar un periodismo divulgaltivo, de temas científicos y sobre el patrimonio natural, histórico, arqueológico y cultural de las islas, con especial atención a la divulgación del patrimonio natural. He publicado una decena de libros. Entre ellos 'El hombre de paja. El crimen de Benimussa', dedicado al cuádruple asesinato que tuvo lugar en Ibiza en 1989, en un ajuste de cuentas del cartel de Medellín.
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