Las mil formas de matar al ‘virot’

bandada de virots y alguna baldriga cerca de sa Conillera

bandada de ‘virots’ y alguna pardela cenicienta cerca de sa Conillera.CAT

Cristina Amanda Tur @territoriocat

En el yacimiento de es Avenc des Pouàs, excavado en los años 80 y del que aún hoy se investigan los restos extraídos, se hallaron miles de huesos de pardela balear. De este hallazgo paleontológico y de las evidencias encontradas en otras cuevas de las islas, los expertos infieren que la especie fue abundante en las Pitiüses, tanto que nidificaba en el interior de Eivissa (es Pouàs está en Santa Agnès), cuando hoy sólo lo hace en islotes como Tagomago, sa Conillera, illa des Bosc o s’Espardell y en acantilados de Formentera. “Lo que hoy vemos es lo que queda de una especie que debía ser muy común en las Pitiüses antes de que llegara el ser humano”, afirma el biólogo Miguel McMinn, cuya especialidad son la aves marinas y que asegura que “la situación actual es muy grave”. De hecho, la pardela balear, conocida como virot en las Pitiüses, virot petit en Mallorca y de nombre científico Puffinus mauretanicus, es el ave marina más amenazada de Europa. Está clasificada ‘en peligro de extinción’ en el Catálogo Nacional de Especies Amenazadas y ‘en peligro crítico’ en las listas de la UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza). Fue en el año 2004 cuando los censos de las colonias que llevó a cabo el Grupo de Ecología de Poblaciones del Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados (Imedea) lograron que la especie entrara en el Libro Rojo de las Aves de España en la categoría ‘en estado crítico’. Desde entonces, ha mejorado el conocimiento de la especie pero no se ha invertido la tendencia que conduce a la extinción de un ave sobre la que Balears tiene una responsabilidad especial, dado que el virot sólo nidifica en el archipiélago. 

en primer término, una pardela balear, en aguas de sa Conillera

en primer término, una pardela balear.CAT

Hay que tener en cuenta que, hasta los años 90, la pardela que cría en las islas era considerada una subespecie de la pardela mediterránea (Puffinus yelkouan). Y tal circunstancia taxonómica marcaba la valoración que del estado de las poblaciones pudiera tenerse. Al pasar a considerarse una especie con entidad propia, todo cambió, porque la densidad y el declive de sus poblaciones entró en una nueva dimensión y derivó en la obligación de adoptar estrategias de conservación para ella. Algo similar ha pasado a lo largo de las últimas décadas con ballenas azules, orcas y albatros, porque la taxonomía, la clasificación de las especies, está en constante revisión. 

Respecto a las cifras, Miguel McMinn señala que es necesario mejorar la obtención de datos sobre las colonias de esta pardela para conocer mejor su estado. Contar ejemplares no es tarea fácil cuando se trata de un ave pelágica, que pasa los días en mar abierto, y que nidifica en grietas y cuevas en los acantilados, así que los números que se manejan son necesariamente una aproximación, cuya exactitud se reduce si además se tiene en cuenta que la información de la que se dispone sobre las poblaciones de es Vedrà o de Formentera, por ejemplo, es insuficiente. Ello a pesar de que las colonias de la menor de las Pitiüses se han considerado tradicionalmente las más importantes y al contrario de lo que ocurre en Cabrera o en Sa Cella (Mallorca), donde los estudios son ejemplares y, de hecho, los datos que se obtienen en esta última área están sirviendo para conocer mejor las causas del declive. Hay que añadir que todas las colonias de cría de la especie están incluidas en la Red Natura 2000, como Zonas de Especial Protección para las Aves (ZEPA).

En cualquier caso, los datos facilitados por el Govern señalan una población de 3.200 parejas reproductoras, según los recuentos en las áreas de nidificación, aunque se acepta que la población es mucho mayor porque en el censo de aves que se ha realizado a su paso por el Estrecho de Gibraltar, durante su migración hacia el Atlántico, se han calculado entre 23.780 y 26.535 ejemplares. Este recuento, realizado por miembros de la Fundación Migres y repetido durante cuatro años consecutivos, confirma que los censos en Balears se quedan cortos y podría indicar que existe un alto porcentaje de individuos que no se reproduce. 

los acantilados de sa Conillera acogen a una de las más importantes poblaciones de virot

los islotes de sa Conillera acogen una de las más importantes colonias de ‘virot’. CAT

La oscilación de las cifras, sin embargo, no debe ocultar el hecho de que la pardela balear es un ave con unas características que la hacen especialmente sensible a cualquier amenaza que ponga en peligro las poblaciones. El sólo hecho de que su reproducción quede restringida al archipiélago balear ya es un factor de riesgo. Pero es que, además, es una especie longeva (puede vivir más de 20 años) y que reduce su progenie a un pollo al año. De esta forma, la mortalidad por causas no naturales supone una auténtica catástrofe. Hoy, las estimaciones realizadas por los expertos señalan que esta mortalidad adicional provoca un declive de la especie de un 14 por ciento anual, lo que se traduce en que, de no revertirse el proceso, este procellariiforme  endémico se extinguirá antes de que acabe el siglo XXI. No es una condena sino una tendencia. Es una posibilidad determinada con parámetros demográficos que pretende alertar sobre la magnitud del problema y la inusualmente baja tasa de supervivencia adulta de un ave marina amenazada por la contaminación por plásticos, la pérdida y degradación de sus hábitats, la sobreexplotación del mar del que se alimentan, la presencia de depredadores invasores en los islotes y la contaminación lumínica, amenazas que, en realidad, afectan de similar manera a todo el grupo de aves marinas y a muchos otros grupos animales. El factor que más preocupa, sin embargo, en el caso concreto del virot, es la incidencia de la pesca. Y principalmente de las capturas accidentales de aves en el palangre, una línea de anzuelos que se considera una pesca sostenible, artesanal y selectiva pero cuyo impacto ha quedado demostrado en estudios realizados en la colonia de virots de Sa Cella, en los que participa McMinn y cuyos resultados, probablemente con variaciones, podrían extrapolarse a otras colonias. Y, como muestra de cómo se suman las amenazas para poner en jaque a la especie, “también se han encontrado plásticos en animales muertos en palangre”. Este tipo de pesca, promocionada desde finales de los 80 como una alternativa menos agresiva que otras artes pesqueras, es asimismo responsable de un buen número de capturas accidentales de tortugas, que, al igual que pardelas y también cormoranes, bucean en busca de peces y quedan enganchadas en los anzuelos al intentar capturar las presas que hay en ellos o los cebos. En un trabajo realizado por McMinn y la bióloga Ana Rodríguez Molina para el Govern balear se señala, como primera cita de mortalidad de aves marinas en palangre en el Mediterráneo, un caso de 1924 de un alcatraz atrapado en el palangre de un pescador menorquín. Pero hasta los 90 no se producen los primeros intentos de recopilar información con fines de estudiar tal problemática. 

En la foto se observa la contaminación lumínica del islote de Tagomago. La banda naranja de la izquierda es contaminación de Mallorca

En la foto se observa la contaminación lumínica del islote de Tagomago. La banda naranja de la izquierda es contaminación de Mallorca. CAT

“La mortalidad por palangre es muy elevada, pero pequeños cambios en la gestión pesquera podrían hacer que la pesca fuera más sostenible con especies no comerciales”, señala el biólogo. Una posible solución sería echar el palangre de noche, ya que los virots habitualmente pescan durante el día. Al anochecer, los problemas para esta especie son otros. Y ello enlaza con el factor de amenaza que supone la contaminación lumínica. Existe ahora mismo un buen ejemplo en Eivissa de cómo puede incidir este factor en las colonias de pardela balear. El ejemplo es Tagomago y lo explica McMinn. En estos momentos, las parejas de pardela balear de la colonia de este islote están incubando, y, para ello, macho y hembra se turnan en periodos de una semana. Uno de los adultos se queda en el nido, sin comer, mientras el otro se adentra en el mar a alimentarse. Al regresar a hacer el relevo, seguramente al anochecer, el adulto que se hallaba de pesca puede desorientarse por la intensa iluminación de la casa que se encuentra en mitad de la isla y que se alquila para realizar fiestas. Los huevos de la colonia, si los padres superan hasta ahí todos los retos diarios, eclosionarán entre finales del mes de junio y la primera semana de julio. Los polluelos deberán enfrentarse entonces a la posibilidad de que los alcancen las ratas introducidas en la isla y cuya eliminación era parte del programa del Plan Lilford para la conservación de las aves marinas más emblemáticas de las islas pero que, de momento, sigue sin ejecutarse. O los gatos que, según añade McMinn, también hay en Tagomago y que se han convertido en el mayor problema de los acantilados de La Mola, en Formentera. Cuando, unos 65 días después de su nacimiento, emprendan su primer vuelo, los juveniles de esta especie, al igual que los polluelos de pardela cenicienta (Calonectris diomedea) o de paíño (Hydrobates pelagicus) deberán sortear también la contaminación lumínica de unas costas excesivamente urbanizadas. 

Cuando el ser humano colonizó las islas, las pardelas, que disfrutaban de noches sin luces y de pocos depredadores, se convirtieron en comida. Y las colonias, mermadas también por la introducción de depredadores terrestres, fueron desapareciendo de las zonas más interiores para quedar establecidas, preferentemente, en los acantilados de los islotes. Y tal resumen de su evolución sirve tanto para la pardela balear como para la otra pardela que nidifica en las Pitiüses, la pardela cenicienta (Calonectris diomedea), que, por cierto, también se ha dividido recientemente en dos taxones distintos, la pardela cenicienta mediterránea y la atlántica. Esta pardela también se halla presente en los registros fósiles de Eivissa. En la cueva de Jaume Orat, una de las que se encuentran en es Cap d’Aubarca y que fue excavada en 1983, se identificaron 287 especímenes y las especies mejor representadas, con mayor número de huesos encontrados, eran la pardela cenicienta, con 6 ejemplares hallados, y la pardela balear, con 5 ejemplares. Posiblemente, estas aves también nidificaban en la gruta.

pardela cenicienta, más grande que la pardela bañear, frente a sa Conillera

una pardela cenicienta, más grande que la balear.CAT

Desaparecida la caza directa de la ecuación, las amenazas aún son demasiadas para estas frágiles aves marinas. Pero, a pesar de ello, de las voces de alarma y de los desalentadores estudios, que tampoco son suficientes, los expertos aún se permiten ser optimistas, porque, como afirma Miguel McMinn, “con una o dos medidas que se llevaran a cabo, con pocos cambios, se podría revertir el proceso y podríamos salvar al virot”. 

LA CLAVE. EXCESO DE LUZ. – Las aves marinas se ven seriamente afectadas por el exceso de luz de un litoral muy urbanizado. El caso más conocido en las islas es, precisamente, el de los pollos de virot y baldritja (pardela balear y pardela cenicienta) que, al emprender su primer vuelo, se sienten atraídos por las luces de la costa y se desorientan. El biólogo Miguel McMinn explica que se considera que estas crías usan la posición de la luna y las estrellas reflejadas en el mar para guiarse pero “reciben una sobrestimulación que hace que se pierdan y puedan acabar desorientadas en las calles, atacadas por gatos o atropelladas”. Es algo muy similar a lo que les ocurre a las tortugas marinas cuando acuden a desovar a playas cada vez más urbanizadas.

McMinn señala que “en países más sensibilizados con la biodiversidad, en algunas islas del Pacífico, las zonas costeras cercanas a colonias de aves marinas apagan sus luces nocturnas durante la temporada en la que los pollos abandonan el nido”, un periodo que puede prolongarse una o dos semanas. 

Reportaje publicado en el dominical de Diario de Ibiza

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Acerca de territoriocat

Cristina Amanda Tur (CAT). Licenciada en Ciencias de la Información y diplomada en Criminología Superior. Compagino periodismo y criminología con la novela policíaca. En periodismo, he pasado de la sección de sucesos (sin abandonarla completamente) a realizar un periodismo divulgaltivo, de temas científicos y sobre el patrimonio natural, histórico, arqueológico y cultural de las islas, con especial atención a la divulgación del patrimonio natural. He publicado una decena de libros. Entre ellos 'El hombre de paja. El crimen de Benimussa', dedicado al cuádruple asesinato que tuvo lugar en Ibiza en 1989, en un ajuste de cuentas del cartel de Medellín.
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