En tiempos de piratas

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torre de sa Sal Rossa

Cristina Amanda Tur. Fotos. Joan Costa
El 12 de octubre del año 1543, el capitán pirata Salah, oficial de Barbarroja y al mando de 23 galeras, desembarca en el estuario del río de Santa Eulària, ataca la villa y llega hasta Balàfia, Atzaró y Arabí. Trece días después, 23 galeras turcas, tal vez la misma flota, arriban desde Formentera a es Carregador de ses Salines y de ellas desembarcan más de mil hombres que desde allí atacan la ciudad. Y éste era el panorama en el siglo en el que se empezó a conformar en las islas la red defensiva que hoy conocemos, el siglo en el que el creciente poder turco y su alianza con los berberiscos se tradujo en un espectacular aumento de la piratería en todo el Mediterráneo.
Un mapa de 1553 atribuido al ingeniero militar Giovanni Battista Calvi, quien diseñó la fortaleza de Dalt Vila, ya muestra la existencia de una atalaya en sa Sal Rossa, probablemente una antigua construcción árabe. Un año más tarde, en diciembre de 1554, comenzaban a levantarse las murallas de Calvi para sustituir la vieja y desgastada fortificación de la villa. Para entonces, Barbarroja llevaba una década muerto, pero s’Espalmador seguía siendo una base de operaciones para los corsarios de Argel. Y antes de que acabara ese mismo siglo, sobre las ruinas de la antigua atalaya se levantó la que sería la primera torre del sistema de defensa costero de las Pitiüses, la de sa Sal Rossa o des Carregador de la Sal. Se desconoce la fecha exacta en la que se levantó, pero la primera referencia de la que se dispone es de 1575 y es una carta del rey al Gobernador por la que sabemos que la obra estaba a medio construir, paralizada en esos momentos porque las autoridades eclesiásticas no pagaban la parte que adeudaban y a la que se habían comprometido. Esta torre, la única con una chimenea para hacer señales de humo, se proyectó como refugio, sobre todo, de los trabajadores de los estanques salineros. En su interior podían cobijarse hasta 200 personas. Tenía una garita circular en su plataforma que, con los años, desapareció pero que fue reconstruida en la restauración de 2008. Y en el mismo documento de 1575 se señala que la Universitat, el gobierno local de las Pitiüses, compró una “pieza de artillería” para defender esta guarida, pero lo cierto es que nada más se sabe de su existencia. Y la cuestión es interesante porque tradicionalmente se han diferenciado dos fases en la creación del sistema defensivo costero: en la primera, en los siglos XVI y XVII, las torres estaban ideadas simplemente como refugio; en la segunda fase, del siglo XVIII hasta su abandono, se transformaron para desempeñar una función de defensa activa, formando parte de una red dispuesta a ahuyentar al enemigo a cañonazos y que complementaba la Real Fuerza de Ibiza, es decir, las murallas. Y, a pesar de esta premisa, para el primer refugio de la costa pitiusa ya se compró un cañón. Eduardo Posadas, en ‘Torres y piratas en las islas Pitiusas’, pone en duda que esta pieza llegara a ser instalada en el lugar destinado a ello, ya que “desapareció sin dejar rastro, pues en ninguna de las varias relaciones de armamento que hemos podido conocer figura que esta torre estuviera artillada”.

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torre de ses Portes

La segunda torre que se edificó, más alta que la primera y con la misma sólida factura troncocónica, fue la de ses Portes, en la punta más meridional de Eivissa y a la que, años más tarde, complementaría la torre de sa Guardiola o de s’Espalmador; juntas cubrían un lado y otro de es Freus, las puertas de entrada a Eivissa. Esta segunda atalaya tenía como misión primordial servir de refugio a los pescadores de la almadraba que el historiador Isidor Macabich sitúa en la zona a finales del XVI.
En esta primera fase de construcción del sistema defensivo también suelen incluirse los torreones de la iglesia de sant Antoni, el único de estructura rectangular, y el de Puig de Missa, que originalmente eran independientes de los templos a los que hoy se hallan unidos. Desde la torre de sant Antoni se hacían señales de humo o se hacía sonar una caracola para avisar a los vecinos de la proximidad del enemigo. En 1847, la primera iglesia rural de la isla, aún tenía dos cañones, y los dos apuntaban a sa Conillera.
Ya en el siglo XVIII, las viejas torres fueron reconstruidas para ser incorporadas al nuevo sistema defensivo, dentro de un plan de fortificación litoral que formaba parte de un proyecto borbónico de defensa de todo el litoral del reino español. La más antigua, la de sa Sal Rossa, fue reformada en 1762, y la de ses Portes, estratégicamente más importante, lo fue doce años antes. Una vez adaptada a los nuevos tiempos de guerra contra berberiscos y turcos, la torre de ses Portes fue artillada con dos cañones. Y al mismo tiempo que se reformaba ésta, se levantaba la de sa Guardiola, a 27 metros sobre el mar, considerada una obra de transición entre las antiguas torres atalaya y las dieciochescas torres artilladas y que, a diferencia de la mayoría, contó desde el inicio con vigilantes fijos; en 1852, con la creación del Cuerpo de Torreros, le fueron asignados dos en plantilla. Conocida popularmente como sa Torreta, lo cierto es que tal nombre se corresponde con una torre atalaya distinta que existió en las proximidades ya en el siglo XV. Hay que precisar que en las islas aún perviven trazas de sistemas de vigilancia muy anteriores al sistema de torreones costeros que hoy conocemos y que se inició en el XVI con el aumento de la piratería turca. Y los restos que, con más o menos fortuna, han llegado hasta la Edad Contemporánea en s’Espalmador, s’Espardell, cap des Llibrell, en la entrada del puerto (la Torre del Mar) o en Cap d’Albarca (Torres d’en Lluc) son prueba de ello.

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es Cap des Jueu

Del siglo XVIII son ya la torre des Cap des Jueu o des Savinar, en un acantilado a 200 metros sobre el nivel del mar y frente a es Vedrà, la Torre d’en Rovira, frente a los islotes de Poniente en los que a menudo se guarecían los piratas, y la torre des Molar o de Balanzat, con vistas a s’illa Murada. Completan la línea defensiva ibicenca la torre de Portinatx y la torre de Campanitx o d’en Valls, que fue reconstruida casi por completo tras la explosión que, en 1864 y debido a un rayo que incendió la pólvora del depósito de municiones, la destruyó. Se mantuvo la puerta de entrada en la planta superior. En Formentera se construyeron cuatro torres: la de Punta Prima, la des Pi des Català, junto a la playa de Migjorn (cedida por el Estado al Consell en 2012 y rehabilitada hace un par de años), es Cap de Barbaria y sa Punta de sa Gavina.
Las torres del XVIII se diferencian sólo por su volumen y tienen características muy similares. Son de piedra caliza y de mortero de cal y están reforzadas con seis nervios de sillares de piedra marés; la de sa Guardiola, la torre de transición y construida trece años antes que el resto, cuenta con doce. Ya tienen la puerta abierta en la planta superior, para dificultar la entrada del enemigo, mientras que en las torres de la primera fase la entrada se abría a ras de suelo para facilitar el rápido acceso de quienes buscaran refugio en ella cuando saltaba la alarma de algún avistamiento pirata. Este detalle certifica el cambio en la función de las torres; de torres vigía a torres artilladas. En la readaptación del sistema defensivo, en torres como la de ses Portes, se tapió la entrada inicial para abrir una nueva en la primera planta. Con los años, al abandonarse los torreones y perder su función defensiva, sólo la de Cap des Jueu conservó la puerta original porque, debido a la orografía, era más sencillo construir un puente para entrar en la construcción. Algunas torres, como la de Portinatx, jamás llegaron a recibir los cañones para las que estaban ingeniadas y, al final, sirvieron sólo de atalayas para los torreros, como una vuelta a los orígenes del invento. A decir verdad, el cordón defensivo de las Pitiüses llegó algo tarde, porque a finales del XVIII la piratería ya no era lo que fuera en el XVI y ni siquiera había ya piratas a la altura de la tenacidad de Barbarroja, Dragut, Salah o Ayrdin Cachidiablo. Finalmente, cuando en 1830, 67 años después de la construcción de las últimas torres, Francia tomó Argelia, los ataques piratas pasaron prácticamente a ser historia. En 1867, el Cuerpo de Torreros desapareció, algunos torreros consiguieron pasarse al Cuerpo de Carabineros y las torres quedaron abandonadas.

Reportaje del dominical de Diario de Ibiza

http://www.diariodeibiza.es/pitiuses-balears/2017/09/24/vigilantes-costa/942074.html

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torre d’en Rovira

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Acerca de territoriocat

Cristina Amanda Tur (CAT). Licenciada en Ciencias de la Información y diplomada en Criminología Superior. Compagino periodismo y criminología con la novela policíaca. En periodismo, he pasado de la sección de sucesos (sin abandonarla completamente) a realizar un periodismo divulgaltivo, de temas científicos y sobre el patrimonio natural, histórico, arqueológico y cultural de las islas, con especial atención a la divulgación del patrimonio natural. He publicado una decena de libros. Entre ellos 'El hombre de paja. El crimen de Benimussa', dedicado al cuádruple asesinato que tuvo lugar en Ibiza en 1989, en un ajuste de cuentas del cartel de Medellín.
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