El puente que todos cruzaban

Cristina Amanda Tur (CAT).- Aquello de acabar viviendo debajo de un puente tiene su ejemplo literal también en Eivissa, concretamente en Sant Jordi. Y, con mayor concreción, a la altura del kilómetro 4,227 de la carretera de Sant Josep y 100 metros justos al sur de este punto; el viejo puente de Can Sala se ha convertido en el refugio ocasional de un indigente muy conocido por Can Bellotera. En el lugar se pueden observar los restos de hogueras que revelan que alguien busca cobijo bajo las antiguas piedras de la construcción del siglo XVIII.

El puente de Can Sala forma parte del camino viejo de Sant Josep, la antigua vía de comunicación con Vila, que, al menos en ese tramo, transcurre paralela a la nueva carretera de Sant Josep (justo a la altura del cruce que conduce hasta el aeropuerto y es Codolar). De hecho, la carretera pasa sobre lo que se denomina el puente nuevo de Can Sala, que sortea así el habitualmente seco torrente de Can Font o torrente de sa Font des Taronger. Vecinos de Sant Jordi aún recuerdan que hace apenas medio siglo el agua bajaba a raudales por el torrente, que nace en es Puig Gros (o Puig Cirer), el monte más geométricamente perfecto de las Pitiüses.

A pesar de que el Consell lo declaró bien catalogado en el año 2006, el mismo día que el antiguo edificio de sa Graduada, hoy el puente ni siquiera está señalizado, una omisión que está previsto subsanar con el proyecto de restauración que está a punto de empezar. Este plan incluye todas las labores que son propias de la restauración de una obra, como la limpieza y la consolidación, y reparaciones propias del deterioro del puente en cuestión, como la reposición de piedras y de tres bloques de marés desaparecidos, la reposición de juntas con mortero de cal hidrolizada y la reparación del tramo del muro que fue destruido por un golpe. Durante años, el paso de camiones sobre el puente ha contribuido a su deterioro y el desgaste general estimado es de un 60 por ciento de la estructura.

El proyecto cuenta con un presupuesto de 22.150 euros, de los que 7.752,50 proceden de los fondos del programa Leader (el plan de desarrollo rural de la Unión Europea). Y, además de lo hasta aquí explicado, y por ofrecer más detalles, se eliminarán restos de morteros de reparaciones anteriores del puente y se reintegrará su volumen en la medida de lo posible.

Los efectos de la erosión son acusados, principalmente en la cara sur del puente y en los bloques que conforman el arco central, de tres metros de altura en el centro y cuatro de ancho. La cara posterior, sin embargo, está más protegida y, por tanto, mejor conservada.

En el libro ‘Bens d’interès cultural i béns catalogats de les illes Pitiüses’, editado por el Consell en 2007, se señala que “por su diseño arquitectónico, es evidente que no se trata de una obra de arquitectura popular ni tradicional y no hay duda de que fue diseñado por ingenieros especialistas en la materia”.

El puente está compuesto por tres arcos rebajados y construidos con piedra de marés, y el torrente sobre el que se levanta transcurre prácticamente paralelo a la carretera de es Codolar, desde el cruce de Sant Josep hasta el aeropuerto, donde, abruptamente, su recorrido lineal hacia el mar se modifica y circula entre las pistas del aeropuerto y la carretera hacia los apartamentos Don Pepe.

Es considerado un puente de menor entidad, pero sólo si se compara con el puente viejo de Santa Eulària, declarado Bien de Interés Cultural sólo tres meses después de que el de Can Sala fuera incluido en las listas de bienes catalogados. No tiene leyendas de fameliars ni diablos que le confieran el fascinante aliciente de la superstición, al menos que hayan perdurado. Y puede que hoy, parte de un camino secundario y sobre un torrente seco, el puente de Can Sala no parezca un gran puente, pero formó parte de la principal vía de comunicación entre Vila y Sant Josep y bien merece una visita y una restauración.

(Publicado en el semanario Prensa Pitiusa el 8 de octubre de 2012).

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Acerca de territoriocat

Cristina Amanda Tur (CAT). Licenciada en Ciencias de la Información y diplomada en Criminología Superior. Compagino periodismo y criminología con la novela policíaca. En periodismo, he pasado de la sección de sucesos (sin abandonarla completamente) a realizar un periodismo divulgaltivo, de temas científicos y sobre el patrimonio natural, histórico, arqueológico y cultural de las islas, con especial atención a la divulgación del patrimonio marino. Éste es un trabajo que realizo, principalmente, con la colaboración del fotógrafo Joan Costa, con quien, en abril de 2017, he publicado el libro '101 flores de Ibiza y Formentera'. He publicado una decena de libros. Entre ellos 'El hombre de paja. El crimen de Benimussa', dedicado al cuádruple asesinato que tuvo lugar en Ibiza en 1989, en un ajuste de cuentas del cartel de Medellín.
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