Las herederas de s’Estany

estanques de Formentera

Cristina Amanda Tur (CAT).- Cuando cinco formenterenses te sugieren un tema que otros cinco desconocen, sabes que puede ser una buena idea. En esta ocasión, la sugerencia es la leyenda de dos hermanas enfrentadas por una herencia que acaban haciendo caer sobre ellas mismas una maldición eterna. Es la leyenda de s’Estany Pudent de Formentera.

Y dice la leyenda que en el espejo de las aguas, los días en los que la superficie se vuelve plata fundida y el sol observa en ella su propio esplendor, tal Narciso ardiente, aún puede verse en el fondo de s’Estany aquella casa encantada que las olas barrieron por una maldición fraterna. O, al menos, sus ruinas.

Pero empecemos por el principio, como se relatan los cuentos, las fábulas y las leyendas. Érase una vez una rica heredera viuda y una finca espléndida surcada de torrentes y manantiales de aguas cristalinas. Estaba, claro está, donde hoy se encuentra el bautizado como ‘estanque apestoso’.

La viuda, una mujer trabajadora y orgullosa de su hacienda, tenía, sin embargo, dos hijas algo vagas a las que poco preocupaba el devenir de las cosechas y el estado del ganado. A pesar de tal desidia, la madre cometió el error –uno de esos errores sin los que difícilmente existirían las fábulas– de dejar una herencia compartida, lo que en la práctica se tradujo en dos herederas que competían en ruindad y egoísmo, porque, a pesar de que cada una de ellas quería la finca en exclusiva, ninguna le hacía mucho caso. Hasta tal punto llegó el odio que se profesaban las dos hermanas, mientras la hacienda perdía brillo, que un buen día los insultos acabaron en maldiciones. Y ya se sabe que hay que tener mucho cuidado con las maldiciones, porque pueden cumplirse.

La una le dijo a la otra una expresión tan de la tierra como “Mala fi puguis tu fer, i s’hisenda també!” –al menos con esas palabras lo recuerda Joan Castelló en su libro ‘Rondaies’–, y la otra le respondió: “Lo que desitges tenguis!” Y, por supuesto, se cumplió. Cuentan que se escuchó el rugido del mar y una gran ola se levantó sobre la tierra y golpeó la hacienda, arrasando pastos, cultivos y construcciones. Las dos herederas y su fabulosa casa desaparecieron y las aguas estancadas que quedaron de la gran ola se convirtieron en s’Estany pudent. Adiós a los manantiales de agua potable. Y para que la historia quedara redonda, los habitantes de la isla cuentan todavía que las ruinas de la casa aún pueden verse en las aguas del estanque algunos días especiales.

Más allá de la leyenda, s’Estany, que se bordea para llegar a es Pujols, es hoy parte del parque natural de ses Salines y paraíso de aves de humedales, pero también es cierto que antiguamente fue un importante foco de infecciones y que fue, con toda probabilidad, el origen de alguna epidemia de paludismo. Un buen día, a mediados del XIX, para que el agua se regenerara, al obispo Don Basilio Carrasco se le ocurrió algo tan sencillo como comunicar el estanque con el mar.

No volverá a haber manantiales de agua clara, pero hay formenterenses que hablan de ellos como si pudieran recordarlos. Como si hubieran existido. La leyenda, aunque no todos la conozcan, sigue viva.

s’estany pudent maquetada

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Acerca de territoriocat

Cristina Amanda Tur (CAT). Licenciada en Ciencias de la Información y diplomada en Criminología Superior. Compagino periodismo y criminología con la novela policíaca. En periodismo, he pasado de la sección de sucesos (sin abandonarla completamente) a realizar un periodismo divulgaltivo, de temas científicos y sobre el patrimonio natural, histórico, arqueológico y cultural de las islas, con especial atención a la divulgación del patrimonio marino. Éste es un trabajo que realizo, principalmente, con la colaboración del fotógrafo Joan Costa, con quien, en abril de 2017, he publicado el libro '101 flores de Ibiza y Formentera'. He publicado una decena de libros. Entre ellos 'El hombre de paja. El crimen de Benimussa', dedicado al cuádruple asesinato que tuvo lugar en Ibiza en 1989, en un ajuste de cuentas del cartel de Medellín.
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