El arma biológica del jardín

Ejemplar especialmente rojizo de Araneus angulatus.CAT

Cristina Amanda Tur @territoriocat 

Entre las arañas más grandes que pueden encontrarse en las islas están varias arañas de jardín del género Araneus, principalmente A. diadematus (la araña de la cruz)  y A. angulatus (o araña angulosa). Y a pesar de su nombre común general, lo cierto es que su hábitat es mucho más amplio que un jardín y pueden verse ejemplares en el campo y en los claros de los bosques. Son las típicas arañas que tejen grandes telas circulares y que a menudo acechan a sus presas en el centro de sus telarañas. A partir del mes de abril, además, es fácil encontrar, incluso en las macetas, entre las hojas y aferradas a los hilos de seda, grupos de centenares o miles de pequeñas arañas recién salidas de los huevos. Son ninfas de color naranja con dibujos en el abdomen con los que podría identificarse la especie y que permanecerán unos días agrupadas antes de dispersarse.

“Las arañas que tejen telarañas circulares son las más importantes, porque las redes de algunas tienen una malla tan tupida que pueden atrapar toda clase de insectos voladores. Una red grande (de hasta 40 centímetros de diámetro) de la araña de la cruz o de jardín lleva unos 120.000 nódulos adhesivos en sus hilos”. Puede leerse en el libro ‘Primavera silenciosa’, de Rachel Carson, un libro de cuya publicación se cumplen ahora 60 años y que fue la inspiración de los actuales movimientos ecologistas. Nos recordaba Carson la importancia de estos arácnidos y su valor como agentes de control biológico añadiendo que “una sola araña puede destruir en su vida de 18 meses un promedio de 2.000 insectos”. En la actualidad, existen datos que apuntan a cantidades mayores, pero el mensaje sigue siendo el mismo. Asimismo, citando al doctor Ruppertshofen, señala que las crías “finas y delicadas de las arañas que tejen telas circulares que aparecen en primavera son especialmente importantes porque tejen en equipo una telaraña sombrilla sobre los brotes más altos de los árboles y, de esta manera, protegen a los brotes jóvenes de los insectos voladores”. 

La conclusión es que un jardín sano debe tener depredadores y que matar a las arañas es un grave error si se quiere mantener el equilibro del ecosistema y evitar plagas de mosquitos o moscas. 

Por otra parte, si bien es cierto que prácticamente todas las arañas poseen algún tipo de sustancia tóxica, la picadura de las arañas de jardín citadas no es peligrosa para los seres humanos. En el caso improbable de que una de ellas decida atacar a un animal tan grande, el efecto será un dolor leve y una igualmente ligera hinchazón en la zona afectada; las picaduras de los mosquitos que una sola de estas arañas puede comerse en un año podrían resultar bastante más peligrosas. 

De la sección Coses Nostres de Diario de Ibiza

Ninfas de araña de jardín.CAT
Araña de la cruz.CAT
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El misterio de las bolitas de plástico

Pellets recogidos en Cala Tarida y es Cavallet.CAT

Cristina Amanda Tur @territoriocat

Las costas de Eivissa y Formentera –como las costas de medio mundo– están plagadas de pequeñas bolitas de plástico, esferas achatadas, todas del mismo tamaño, habitualmente pálidas o amarillas, a veces en tonos más oscuros. Es habitual pensar que son los restos de objetos que ya se han descompuesto, que el mar ha desgastado hasta reducir a pequeños fragmentos, pero esa hipótesis no explicaría por qué tienen todas similar tamaño. 

Si la proliferación del plástico –de todas las formas, dimensiones y colores– en las playas y en los fondos marinos de las islas ya es una realidad desalentadora, la respuesta al misterio de los millones de bolitas de plástico es mucho más desmoralizadora; las esferas no son restos desgastados de ningún objeto, sino la materia prima con la que se deben fabricar esos utensilios. Es plástico que aún no ha llegado a tener utilidad alguna. 

Es más, según explica el biólogo del CSIC Fernando Valladares, muchas de estas bolitas –conocidas como pellets– son el producto final de las empresas que reciclan plástico y que distribuyen a la industria que fabrica productos con plástico reciclado, así que podríamos preguntarnos cuántas veces las organizaciones que recogen basura en las playas recolectan el mismo plástico. Una y otra vez.

Una vez que se toma conciencia de qué son estas bolitas, el misterio resuelto aún suscita otras preguntas: ¿de dónde proceden los millones de pellets que pueden encontrarse, por ejemplo, en las playas pitiusas, en es Cavallet, en Cala Tarida o en toda la bahía de Sant Antoni? Y ¿qué está fallando en el sistema de distribución de las empresas del plástico? 

Para intentar responder a estas preguntas, las organizaciones Surfrider Foundation Europe y Good Karma Projects llevaron a cabo el año pasado una expedición científica entre Tarragona y Balears. Encontraron densidades de más de 6.000 pellets por metro cuadrado en la playa de Cavalleria, en Menorca, y relacionan la llegada masiva de plástico a las islas con la existencia de un complejo petroquímico en Tarragona, el polígono de estas características más grande del sur de Europa. En esta línea, es significativo que cuando se comparan resultados, de distintos años, de limpiezas en las costas, la playa tarraconense de Pineda sea siempre unas de las más contaminadas con estos microplásticos primarios. 

Tampoco es una buena noticia saber que la existencia de esta ‘plaga’ de pellets no es una novedad. Y no es un consuelo saber que es un problema internacional . En el libro ‘El mundo sin nosotros’, el periodista Alan Weisman relató ya en 2007 las impresiones de un investigador que se hacía de pronto consciente de la magnitud que alcanzaba el problema del plástico y del origen de esas “extrañas y pequeñas formas uniformes”: “Se les suele denominar ‘bolitas’. Son las materias primas de la producción de plástico. Fundiéndolas se hacen toda clase de cosas. Camina un poco más, luego coge otro puñado de arena (en Plymouth, Inglaterra). Este contiene más de los mismos trocitos de plástico: de color azul claro, verde, rojo y marrón. En cada puñado, según sus cálculos, hay alrededor de de un 20 por ciento de plástico, y cada uno contiene al menos 30 bolitas. En la actualidad se encuentran en casi todas las playas. Evidentemente, proceden de alguna fábrica”.

Por otra parte, al misterio de los pellets se suma la proliferación, menos intensa, de pequeñas ruedas de plástico que, curiosamente, proceden de las plantas depuradoras de agua, son biosoportes que se usan para el crecimiento de bacterias (las que depuran el agua). A veces, defectos en los cierres de las rejillas de las depuradoras provocan la salida de centenares o miles de estas ruedas, que van a parar a las playas. 

Los pellets, arrastrados por las corrientes, igual que las rueditas, se han hecho tan habituales en las playas del mundo que ya tienen nombres populares como el de ‘lágrimas de sirena’, un nombre que tal vez otorga un toque demasiado romántico a algo que solo puede verse como un desastre medioambiental que puede medirse en toneladas. 

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La flor tras la piel de serpiente

En la foto se aprecia la espata manchada con el espádice sobresaliendo como una lengua.CAT

Cristina Amanda Tur @territoriocat

El gallet –que es su nombre popular– es una de las plantas más curiosas, más conocidas y más abundantes de campos y garrigas pitiusas, y puede encontrarse tanto en umbrías bajo los pinos, algarrobos o higueras como en terrenos áridos al sol. Es una hierba de grandes y anchas hojas sagitadas entre las que, en época de floración (de noviembre hasta ya entrado el mes de abril), surgen las sorprendentes formas que le dan el nombre común de gallet. Esta parte de la planta es la espata, una pieza que, como una capucha, protege la inflorescencia. De este modo, aunque identifiquemos esta espata con la flor del gallet, el cono de flores, técnicamente, se encuentra en el interior de esta envoltura. Las flores femeninas, en un número que oscila de dos a diez, se encuentran en la base del espádice –la ‘lengua’ del gallet– y las masculinas, una treintena, se sitúan sobre las primeras. La parte superior es estéril. 

Hipócrates llamaba ophis, que en griego significa serpiente, al arísaro o dragontea menor (que son sus nombres habituales en castellano), y en los herbolarios aún pueden conocerlo como serpentaria. El origen de esta asociación nominal se encuentra en el tallo y también en buena parte de la espata, que, tal y como puede observarse en el ejemplar de la imagen, presentan manchas que pueden recordar la piel de una serpiente; a menudo, las asociaciones que dan nombre a las plantas son tan indefinidas y vagas como en este caso. 

La raíz del arísaro era tradicionalmente consumida cocida y endulzada con mucha miel. En la Enciclopèdia de Eivissa i Formentera se incluye una referencia al botánico Andrés Laguna, que cita este consumo en Balears en el año 1570. Estas raíces con miel, se añade en el texto, eran servidas “como si fuese una torta real”. 

Y, según ya indica el hecho de que en los herbolarios tengan un nombre para esta planta, tiene algunas propiedades medicinales, para aliviar los síntomas del asma y la tos, como laxante y expectorante. Lo cierto es, sin embargo, que el arísaro puede ser muy tóxico, por lo que no se recomienda su consumo y sí conformarse con las propiedades cicatrizantes que tienen sus hojas frescas, usadas tradicionalmente para curar quemaduras. 

El nombre científico del arísaro es Arisarum vulgare, aunque pueden encontrarse dos decenas de nombres sinónimos. Arisarum es una palabra compuesta por los términos latinos ‘arista’ (por el espádice, la lengua) y ‘arum’ (por la espata que protege el espádice). Esta planta es de la misma familia –las aráceas– que la cala o los filodendros, y aunque en principio parecen grupos muy diferentes, fijándose bien, se descubre que todas ellas tienen una característica inflorescencia en espádice protegida por una espata, aunque su forma difiera mucho de la particular y única configuración del gallet

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Los cardos gigantes de ses Salines

Detalle de uno de los cardos.CAT

Cristina Amanda Tur @territoriocat

Es todo espinas. Desde la base de hojas que se abre como una flor en el suelo hasta lo más alto del tallo, donde surgen unos capítulos con pinchos de un suave rosa violáceo, el gran cardo que crece en ses Salines es una planta como un erizo. Incluso cada una de sus hojas, rematada en una punta de lanza, forma sinuosidades que acaban en espinas, algunas de ellas de más de un centímetro de longitud. Es más, de su nombre científico, Onopordum macracanthum, la denominación de la especie hace referencia a su espinosa estructura; significa ‘grandes espinas’ en griego. El nombre del género, que abarca al menos 40 especies aceptadas, resulta menos épico, ya que quiere decir, exactamente, ‘pedo de burro’, y hace alusión a la supuesta propiedad de esta planta de causar tal efecto en los animales que se la comen.

En cualquier caso, Onopordum macracanthum es un gran cardo que puede medir dos metros de altura y que resulta hermoso tanto por su impresionante tamaño como por su profusión de espinas y por su combinación de tonos verdes y morados. La flor que se abre entre los pinchos del capítulo de brácteas violáceas es una flor de tonos purpurina muy similar a la que suelen tener todos los cardos. 

Lo más curioso de la presencia de este cardo en la isla es que, a pesar de que es una planta que figura como nativa del Mediterráneo y de Balears en muchas referencias botánicas, no parece común en Eivissa. En el año 1995, el Botlletí de la Societat d’Història Natural de les Balears publicaba un artículo titulado ‘Notes florístiques de les Illes Balears (V)’, de Guillem Puget, Mario Stafforini y Néstor Torres, en el que se cita esta especie por primera vez en Eivissa (lo cual no significa que acabara de ser introducida). Se señala en la nota que el cardo puede encontrarse en zonas quemadas del Puig de ses Roques y Puig de sa Fita y en unos campos de cultivo “darrera la Platja de Migjorn a ses Salines”.

De hecho, el campo de grandes cardos que existe en ses Salines, en el camino hacia sa Torre de ses Portes y frente a es Pouet de sa Trinxa, llama poderosamente la atención entre las sabinas. El naturalista Jordi Serapio destaca que, durante años, ese terreno en particular ha sido cultivado, arado. Y ello hace que sea muy adecuado para estos cardos, que pueden crecer también en bordes de caminos y carreteras. 

Respecto a sus nombres comunes, los cardos, que algunas mariposas tienen como plantas nutricias, pueden conocerse en castellano como alcachofas silvestres, cardos de burro o cardos borriqueros, un nombre que comparten con otras especies de la misma familia. Y si los dos metros que puede alcanzar este cardo de burro parecen ya una gran altura, hay que decir que en la Península puede encontrarse otra especie del mismo género, Onopordum nervosum, que puede llegar a los tres, y ese es, en realidad, el que se conoce popularmente como cardo gigante, pero no está presente en las islas. 

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La curvatura del ave zapatera

Una avoceta fotografiada en Formentera.CAT

Cristina Amanda Tur (CAT) @territoriocat

El acentuado contraste de su plumaje blanquinegro solo se ve atenuado por el tono azul de sus largas patas de ave zancuda. Y si pocas aves muestran tal patrón sin términos grises entre blanco y negro aún menos muestran un pico como el de la avoceta; su longitud y curvatura le dan un aspecto engañosamente frágil, ya que, en realidad, le sirve como una fantástica herramienta con la que hacer salir a los invertebrados de los que se alimenta del sedimento de las orillas de los estanques de ses Salines. A las avocetas podemos observarlas recorriendo las riberas y avanzando con la cabeza sumergida, usando el pico como una guadaña mientras saltan del barro insectos y pequeños crustáceos. 

Esta ave –Recurvirostra avosetta en su nomenclatura binominal y bec d’alena en catalán– lleva pocos años asentada como reproductora en las islas, aunque nidifica en Mallorca desde los 90. En Formentera, la primera ocasión en la que la especie nidificó con éxito –el primer registro existente– fue en el año 2012, año en el que se detectaron tres parejas en s’Estany Pudent. Desde ese momento, año tras año, entre dos y seis parejas han puesto sus huevos en ese mismo lugar. 

En la mayor de las Pitiüses, la primera vez que se observó a una pareja nidificadora fue un año antes, en mayo, en los estanques de es Codolar. Sin embargo, y por motivos que se desconocen, la reproducción no tuvo éxito. En los años inmediatamente posteriores se observaron parejas con comportamientos claramente nupciales, pero no pudo confirmarse la cría hasta el año 2016, cuando dos parejas lograron tener pollos. Fue también en es Codolar, donde, desde entonces, la especie se ha convertido en una reproductora regular, según los datos aportados por el ornitólogo Oliver Martínez. 

En cualquier caso, la clasificación de la especie es como reproductora rara y migrante escasa en las dos islas; respecto a su catalogación como invernante, hay pocos registros de la especie en los meses de invierno y se considera rara.

Prácticamente todos los registros de la especie se concentran en el parque de ses Salines, en es Codolar y s’Estany Pudent. Durante los pasos migratorios se ha observado en algunos de los islotes que rodean las islas mayores, esenciales áreas de descanso de las aves migradoras.

LA CLAVE. EL NOMBRE DE UNA HERRAMIENTA

El curioso nombre en catalán que recibe esta ave limícola, bec d’alena, hace referencia a la forma que tiene su pico, que recuerda a una herramienta usada por los zapateros para coser y hacer agujeros, un punzón de acero conocido como alena que se usa para trabajar con cuero. 

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El «cañón salvaje» de Dalt Vila

Los cañones del baluarte de Santa Llúcia.CAT

Cristina Amanda Tur @territoriocat

Cuando, en 1543, Bernardino de Mendoza visitó Eivissa para comprobar el estado de sus defensas, encontró las murallas tan maltrechas que no dejó en la isla ninguna pieza de artillería por considerar que el lugar no era adecuado para ello. A pesar de lo necesario que resultaba guarnecer el fuerte ibicenco ante la cercanía de la armada turca. Esto es parte de la historia de la fortaleza ibicenca antes de Calvi, antes de que llegara el ingeniero italiano y proyectara las murallas que hoy son patrimonio de la humanidad. 

Según cuentan Fernando Cobos y Alicia Cámara en el libro ‘De la fortificación de Yviça’, un año después, ya “coincidiendo con el inicio de las obras de 1544, se llevó desde Alicante un ‘cañón salvaje’, de cincuenta y cinco quintales, con ciento treinta y ocho pelotas de hierro, y treinta quintales de pólvora, que no sabemos si llegaron, y el duque de Calabria don Fernando de Aragón, virrey de Valencia, se comprometió a enviar una culebrilla que llegó en junio junto con la munición necesaria para ella. Llegaron también arcabuces y picas desde Barcelona”. 

En el momento de las más graves incursiones piratas en el Mediterráneo occidental –en 1543, piratas argelinos habían amenazado la ciudad fondeando sus galeras junto a s’illa de ses Rates y un oficial de Barbarroja había desembarcado en el estuario del río de Santa Eulària y atacado la villa–, Eivissa consiguió tener un solo cañón. Y una culebrilla (un pequeño cañón). Dalt Vila tiene hoy más cañones de los que tenía cuando más los necesitó. Aunque los cañones de hoy no sirven para hacer la guerra sino para recordar el pasado de una isla que tuvo que defenderse durante siglos de incursiones enemigas.

Las obras de 1544 a las que se refieren los autores del libro citado no son aún las famosas obras de Calvi, que no se iniciarían hasta una década después. Y el militar Bernardino de Mendoza, aunque ha quedado relegado prácticamente al olvido en la historia de Eivissa, tuvo un papel esencial en la construcción de las murallas, ya que su intervención fue providencial para que las obras, al final, se encargaran a un ingeniero como Giovanni Battista Calvi. 

Y es que las obras de 1544 fueron calificadas por el militar –experto en fortificaciones y nieto del marqués de Santillana– como un error. Y así lo dejó escrito en un informe que realizó para la Corona cuando volvió a Eivissa ese año. En el informe señala que las obras las lleva a cabo un albañil mallorquín “que en su vida salió de Mallorca y al que ha puesto el virrey nombre de ingeniero para dar autoridad a lo que hace. Es cosa perdida y al cabo viene a pagar su majestad todos estos hierros (errores)”. El texto, escrito realmente en un castellano antiguo y rescatado por Fernando Cobos y Alicia Cámara, viene a aclarar los acontecimientos posteriores. Gracias a Bernardino de Mendoza, lo que iba camino de convertirse en una chapuza monumental acabó siendo un monumento, un ejemplo de fortificación renacentista abaluartada que resiste al paso de los siglos y que, convertida en patrimonio, se ha pertrechado de más cañones (y culebrinas) de los que llegó a tener en algunos periodos de su historia bélica. 

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Varaderos en la frontera azul

la punta de es Pujolets una hora después del atardecer.CAT

Cristina Amanda Tur @territoriocat

El conjunto de casetas varadero de es Pujolets es uno de los menos conocido de las islas aunque su situación, dando la espalda al mar profundo, a los vientos y a la puesta de sol, le confieren un valor paisajístico  especial. Desde arriba, desde el acantilado y mirando hacia el oeste, esta frontera norte de la bahía de Cala Tarida parece ser también una frontera entre dos aguas; en la punta en la que las casetas de pescadores están enclavadas, se unen los azules del mar, el azul turquesa al que confiere claridad la blanca arena del fondo y el azul profundo de aguas mar adentro. Aun de noche, a la luz de la luna –o de la contaminación lumínica derivada de la urbanización imparable de Cala Tarida–, se distinguen los distintos tonos azulados del mar. 

Y aún más atrás, en el horizonte, en los primeros meses del año, puede observarse al sol esconderse, al atardecer, tras las montañas de la Península, de las costas de Jávea, en lugar de desaparecer directamente detrás del mar. 

Es Pujolets es, en concreto, el nombre de la punta entera en la que se encuentra la hilera de casetas, y está formada por una serie de pequeños promontorios que posiblemente le confieran tal nombre, porque eso es lo que significa la palabra pujolets; pequeñas colinas. Contigua a la entrada de mar en la que se hallan los varaderos hay también una bahía de arena –la playa de es Pujolets o de sa llanxa–, aunque acceder a esta pequeña playa por tierra, por la pendiente arcillosa, es empresa arriesgada. 

En verano, la rada que forma es Pujolets cerrando Cala Tarida ofrece protección ante los vientos del norte. De hecho, la punta de es Pujolets es como un dique para la cala. Y si el conjunto de casetas varadero de este rincón cierra Cala Tarida al norte, al sur, otro conjunto de casetas, las de es Calonet, recuerda la tradición pesquera de la zona. Entre los dos enclaves etnológicos, el resto del pasado de Cala Tarida, incluidos sus valores naturales, ha sucumbido bajo el cemento y la vorágine urbanizadora, que sigue consumiendo el territorio mientras desaparecen todas las masas boscosas entre es Pujolets y Cala Molí. Urbanizaciones enteras han sustituido a bosques antiguos de pinos y sabinas, urbanizaciones que se han rodeado de jardines para dar la falsa imagen de encontrarse en la naturaleza que, en realidad, han eliminado. Y la mayoría de estas urbanizaciones hacen gala de ser sostenibles y ‘ecofriendly’.  

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La verdura prohibida en los monasterios

Flores de rúcula fotografiadas en Puig d’en Valls.CAT

Cristina Amanda Tur @territoriocat

Cuatro pétalos formando una cruz templaria, blancos –de un blanco roto–  y con venas pardas o violáceas. Es la descripción básica de una de esas pequeñas flores cuya belleza solo se aprecia a corta distancia. Es, desde luego, una flor discreta, aunque su abundancia –a partir del mes de marzo en los campos de las islas– puede llegar a llamar la atención. Sin embargo, pocos saben ver que bajo esas flores de pétalos en cruz están las hojas lobuladas de sabor peculiar que se han acostumbrado a incluir en sus ensaladas. Eso sí, la que se consume es una variedad hortelana con menor cantidad de ciertos ácidos que podrían ser perjudiciales para la salud si se consumieran en cantidades considerables. 

La oruga o rúcula es una verdura que la cocina italiana tiene  en alta estima, muy habitual en pizzas y pastas, con un ligero sabor entre picante y amargo que le confieren unos componentes llamados glucosinolatos, potentes antioxidantes que están presentes en la mayoría de las plantas de esta familia, las crucíferas, a la que también pertenecen la col, el brócoli, la mostaza y la colza. La variedad que se consume tiene menos cantidad, pero todas las plantas de la gran diversidad de variedades que tiene la rúcula desprenden un olor característico debido a estos glucosinolatos. Si arrancas una de esas hojas, el olor es especialmente intenso; representa un sistema de defensa frente a determinados insectos. 

Dioscórides dejó escrito de esta planta que “comida cruda, en gran cantidad, la oruga estimula la lujuria. Tiene la misma facultad su simiente”. De hecho, sus supuestas propiedades afrodisíacas llevaron a que, durante la Edad Media, su cultivo fuera prohibido en los monasterios. 

La variedad Eruca vesicaria, variedad silvestre, es una planta muy común en campos y márgenes de los caminos de Eivissa y Formentera, y su área de distribución se ha extendido en las últimas décadas. Algunos botánicos consideran que Eruca vesicaria y E. sativa son dos especies distintas, aunque otros consideran a la segunda una subespecie de la primera (es la opción que aparece en El Dioscórides renovado), lo cual es interesante conocer porque existe numerosa documentación en la que se cita esta rúcula simplemente con uno de los dos nombres y ello puede dar lugar a confusiones. 

Griegos y romanos, en la antigüedad, ya consumían rúcula cruda en sus ensaladas, y le atribuían propiedades diuréticas. Sin embargo, durante siglos, la gastronomía se olvidó de esta verdura y se convirtió en otra más de las consideradas malas hierbas. En algún momento, sus hojas picantes y acibaradas se pusieron de moda y hoy su consumo es habitual en todos los países del Mediterráneo. 

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El laboratorio biológico de Eivissa

gaviotas y pardelas con ses Bledes al fondo.CAT

Cristina Amanda Tur @territoriocat

Son los tesoros de Poniente. Las islas que a Charles Darwin le hubiera gustado conocer hoy, cuando veinte años de protección e investigación las han convertido, realmente, en el laboratorio de especies que dicen que son todos los territorios insulares. Es Vedrà, es Vedranell, s’Espartar, el conjunto de ses Bledes, sa Conillera y s’illa des Bosc son un laboratorio de la evolución y de la conservación gracias al trabajo de toda una serie de investigadores que han encontrado allí su objeto de estudio. Las sargantanes endémicas, los campos de gorgonias de ses Bledes, los cetáceos que frecuentan sus aguas, la flora única de es Vedrà, las variedades de invertebrados, el seguimiento de las colonias de virot (Puffinus mauretanicus) y de fumarell (Hydrobates pelagicus) son solo algunas de las investigaciones en las que actualmente se está trabajando. 

“Aparte de las campañas científicas, que son algo más puntual, hemos conseguido mantener protocolos de seguimiento”, destaca la técnica responsable de la gestión de las reservas, Virginia Picorelli. Ello permite saber cómo evolucionan las poblaciones de fauna y flora y supone uno de los logros de los que el equipo gestor se muestra más orgulloso. “Dar acogida y difusión a la ciencia y la investigación es uno de los trabajos más importantes que hacemos”, añade Picorelli. 

Y una vez conseguido el objetivo de ser un auténtico laboratorio, este espacio natural celebra sus veinte años con un regalo especial, uno destinado a solventar la principal debilidad de las reservas; la protección de su área marina. Ses Bledes, para empezar, el área marina más frágil y valiosa, será, prácticamente por entero, una reserva marina, donde la pesca quedará prohibida. 

En breve saldrá a exposición pública el plan de gestión del LIC Costa Oeste (Lugar de Interés Comunitario), según avanzó Virginia Picorelli en el Nautilus, el programa de ciencia y medio ambiente de IB3 ràdio. El área que quedará preservada –con diferentes grados de protección– va más allá del ámbito marino que actualmente cubren las reservas y se ampliará desde las orillas de los islotes hasta el litoral de tierra firme. También mar adentro se incrementará la zona regulada, y espacios marinos más frágiles en es Vedrà, es Vedranell y ses Bledes tendrán protección adicional.

Además, este plan de gestión, como LIC que es, va asociado a la Red Natura 2000, la red ecológica europea de áreas de conservación que este año también está de celebración, ya que cumple treinta años de existencia. “La nueva protección no es una normativa reguladora de las reservas naturales, sino de un territorio que está protegido con una figura europea, y estamos obligados a conservarlo; ya nos marcan desde Europa que debemos protegerlo”, destaca Virginia Picorelli. 

LA PRESIÓN CRECIENTE

La buena nueva con la que las Reserves Naturals des Vedrà, es Vedranell i els Illots de Ponent celebran sus veinte años y los logros obtenidos no pueden ocultar que su conservación es una lucha constante contra las continuas presiones que todo espacio natural padece. 

Desembarcar en los islotes está prohibido. Y, de hecho, esta fue, hace dos décadas, la medida que marcó la diferencia, la que más incidió en las costumbres de los ibicencos, que han sido en buena parte compensados por las excursiones que periódicamente organizan desde las reservas, una de sus actividades de mayor éxito. Sin embargo, no es raro observar a personas desembarcando ilegalmente en los islotes, sobre todo turistas que a menudo desconocen que no pueden hacerlo. Aunque la informadora del equipo de las reservas está pendiente de que cualquier empresa del sector náutico que se cree en la zona conozca la normativa, lo cierto es que parece ser que no se halla entre las prioridades de estas empresas comunicar a sus clientes –a quienes alquilan barcos o motos de agua– que navegarán en áreas protegidas y que no podrán hacer lo que les plazca. 

El problema que realmente preocupa, conectado con lo anterior, es el espectacular aumento de la actividades náuticas en la zona. “Hemos notado que esta presión ha aumentado desde el confinamiento. Ha sido una locura… Antes había presión pero era asumible”, explica Virginia Picorelli. Las aguas de las reservas se han ido saturando de embarcaciones de recreo y es habitual que, quienes bucean habitualmente en la zona –una actividad regulada y permitida–, tengan continuamente sobre ellos, en la superficie, a lanchas y motos de agua que no respetan ni las normas del área protegida ni  la distancia de seguridad que deben mantener con los buceadores. El mar se ha llenado de usuarios pero no de marineros. 

barracudas en es esculls den Ramon.CAT

“Es complicado gestionarlo. En el mar no puedes llegar a todo. Todos los que trabajamos en la conservación de espacios naturales desearíamos que se tomaran medidas con el tema del tráfico marítimo y los usos del mar”, asegura Picorelli.

También hay que decir que, aunque las presiones se multiplican, la vigilancia marina también ha ido aumentando. Y conseguir tener vigilantes en el mar fue un auténtico reto y un gran éxito para las reservas: “Ellos son los que están ahí realmente aguantando el temporal. Nunca mejor dicho”.

La pesca furtiva es, asimismo, motivo de preocupación para los gestores del parque. Porque la hay, aunque sea difícil detectarla y frenarla. En alguna ocasión, sin embargo, en este apartado también se obtienen resultados; el último caso importante que recuerdan es el de unos furtivos que pescaban langostas con botella, y que fueron sancionados. 

A Virginia Picorelli, tras veinte años de trabajo en los islotes, le gusta aprovechar la ocasión para reconocer el trabajo de todo el equipo, grupo por grupo, y no se olvida de la labor de las educadoras ambientales ni de la brigada de mantenimiento, “que ha trabajado mucho en la erradicación de especies invasoras, y en la retirada de residuos, que había muchos”. Y recuerda los restos que aún quedaban de antiguas obras de reforma del faro o de la caseta que existió en s’olleta de sa Conillera. Eso sí, el de los medios y los recursos es un capítulo en el que aún podría conseguirse mucho más. “Falta más gente –certifica–. Nos hace falta más gente en el campo. Pondría más vigilantes, naturalistas y educadores… Siempre nos quedamos cortos”. 

Y, puestos a hacer balance, también hay que recordar que lo que hoy son las reservas es lo que queda de un parque natural recortado, el parque natural de Cala d’Hort. “Fue una pérdida dramática, porque perdimos el 90 por ciento del territorio protegido”, recuerda Picorelli, y cuando había pasado apenas un año y unos meses de la declaración. Quedaron los islotes, casi 233 hectáreas terrestres y 565 marinas. 

En el mar, como recuerda Virginia Picorelli, es difícil abarcarlo todo. Pero siempre se puede hacer más. Y crear reservas marinas dentro de la Red Natura 2000, ampliar el área protegida y valorar las especiales características de es Vedrà o la riqueza y fragilidad de ses Bledes es un gran avance. No hay que olvidar que muchos países se han comprometido para conseguir, para 2030, la protección del treinta por ciento de los océanos, que España se ha comprometido a tener más de un quince por ciento en dos años y que Balears –no podía ser de otra manera– tiene tan importante papel en la materia que abandera la creación de reservas marinas, aumentando su número año tras año. El auténtico reto es garantizar que la protección vaya más allá del papel. 

Reportaje publicado en el dominical de Diario de Ibiza

es Vedrà y es Vedranell.CAT
el islote de es Vaixell.CAT
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El mito del obelisco corsario

Obelisco a los corsarios un día de niebla.CAT

Cristina Amanda Tur @territoriocat

Existe el mito –muy extendido en las islas y que incluso puede leerse en publicaciones turísticas– de que Eivissa es el único lugar del mundo que ha dedicado un monumento a sus corsarios. Nada más lejos de la realidad. Incluso uno de sus enemigos más famosos, el pirata Barbarroja, tiene su propio homenaje en su tierra. De hecho, el almirante Hayreddin Barbarroja no solo cuenta con un monumento junto al museo marítimo de Estambul sino que también existe su mausoleo en una plaza que lleva, asimismo, su nombre. No hay que olvidar que la diferencia entre corsarios y piratas puede ser cuestión del país desde el que se mire, y si Antoni Riquer, Pere Sala o Mateu Calbet trabajaron para el Imperio español, Barbarroja lo hizo a las órdenes del sultán otomano Solimán I, el Magnífico. Tema muy distinto es la discusión sobre los métodos que unos y otros usaran, el grado de crueldad o quién se defendía de quién. 

Por otro lado, tampoco hace falta trasladarse hasta las orillas del Bósforo para encontrar monumentos que desmonten el mito del obelisco ibicenco, porque cerca de los muelles de la normanda ciudad de Saint-Malo puede contemplarse la estatua del corsario René Dugyay-Trouin; en la misma ciudad, Robert Surcouf –apodado el rey de los corsarios por haber tomado un famoso buque de la compañía inglesa de las Indias– es recordado con una estatua de bronce que señala hacia el mar. El famoso Francis Drake tiene representaciones en metal tanto en Devon (Inglaterra) como en Coquimbo (Chile). Y, aún más cerca, Mallorca tiene un busto dedicado al corsario Antoni Barceló, el ‘Capità Toni’.

En cualquier caso, Eivissa levantó un obelisco en honor a sus corsarios en el año 1915. Al menos ese fue el año de su inauguración, ya que, en realidad, la primera piedra se colocó en 1906, en el centenario del más famoso episodio de la historia corsaria pitiusa. Muy resumida, es la crónica del apresamiento del barco Felicity, con bandera gibraltareña y comandado por Miguel Novelli, el Papa, frente a las costas de Vila. Fue el capitán Antoni Riquer Arabí, al mando del jabeque San Antonio y Santa Isabel, quien consiguió tomar el navío enemigo mientras media ciudad observaba la batalla desde las murallas. El episodio –una batalla desigual entre un pequeño jabeque y un buque bien pertrechado– es considerado en la actualidad como la mayor hazaña del corsarismo pitiuso, probablemente porque es la historia que con más detalle ha llegado hasta nuestros días. 

En el episodio murieron once tripulantes del Felicity y el resto fue posteriormente intercambiado por corsarios ibicencos prisioneros de los británicos. Del jabeque del capitán Riquer murieron cinco marineros, entre ellos el padre de Riquer, y dos de los heridos murieron días después.

De la sección Coses Nostres de Diario de Ibiza

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