La butifarra: un corsé ibicenco

AD6289Cristina Amanda Tur. Foto: Joan Costa
Es una de las primeras piezas con las que se fundó el Museu Etnogràfic d’Eivissa; fue donada al Consell a principios de los 90 y el museo abrió sus puertas en 1994. Y la cedió una mujer que había dedicado las décadas anteriores a recuperar prendas tradicionales pitiusas. Es una pieza de algodón de finales del siglo XIX o principios del XX y es lo que se conoce popularmente como butifarra. Es probable que antiguamente recibiera un nombre “más elegante”, pero butifarra es la denominación que recibía en la payesía y la que ha llegado hasta nuestros días, explica la historiadora Lina Sansano, responsable del museo. “En realidad, esta pieza no deja de ser una especie de corsé”, añade.
Esta prenda del traje tradicional ibicenco tenía como función, gracias a la pieza inferior, de conseguir un mayor ensanchamiento de la vestimenta, de lograr cubrir y ocultar las formas bajo el vestido. De esta manera, complementaba el cometido de los refajos, otra pieza de la vestimenta de la mujer que se usaba muy almidonada para que la falda o vestido final con el que se cubría quedara bien levantado y ahuecado. En ocasiones, para potenciar tal efecto, llegaban a superponerse hasta una docena de refajos. Y ante tal exceso de prendas hay que suponer que la comodidad no era una prioridad, por lo que a diario se prescindía de la mayoría de ellas e incluso de la butifarra, que se reservaba para las ocasiones en las que se requería cierta elegancia, lo que los ibicencos llaman ‘anar modat’.
La pieza que se conserva en el museo de Can Ros, en Puig de Missa, está confeccionada en algodón y en algunas partes está hecha a mano mientras en otras se ha empleado una máquina de coser; tradicionalmente, era más habitual la simple confección a mano. Y no es la única prenda que puede contemplarse en el museo, que, en su exposición permanente, cuenta con una bien surtida sección sobre la indumentaria tradicional ibicenca, tanto masculina como femenina, incluyendo el calzado y también las joyas con las que se complementaban los conjuntos.
El Museu Etnogràfic d’Eivissa está instalado en una casa payesa de más de 300 años de antigüedad y en él, además de las exposiciones temporales con las que se pretende dar vida al centro, se pueden conocer diversos aspectos de la vida rural ibicenca. Además de la sección dedicada a la indumentaria tradicional, en sus habitaciones pueden conocerse las herramientas y utensilios de una antigua cocina payesa, herramientas de labranza y la forma en la que se elaboraban vino y aceite (el museo ha conservado la almazara de Can Ros). Fue inaugurado el primer domingo de mayo de 1994 y sus fondos, nutridos de múltiples cesiones de particulares, se han multiplicado a lo largo de los años, lo que hace imposible exponer todas las piezas existentes pero permite llevar a cabo exposiciones temporales con las que el museo se revitaliza.

Sección Coses Nostres de Diario de Ibiza:

http://www.diariodeibiza.es/pitiuses-balears/2017/10/15/butifarra-corse-ibicenco/946022.html

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Los carpinteros del mar

AD6284maqueta de un barco.jpgCristina Amanda Tur. Fotos: Joan Costa
Garlopín, guillermo, bocel, gramil, compás, lima, martillo, pata de cabra, escoplo, barrina, perforador, formón, puntacorriente, azuela, codal y cuchilla. Son algunos nombres de las herramientas que maestros o carpinteros de ribera y calafates usaban para la construcción de barcos y que se exponen hasta diciembre en el museo de Can Ros, junto a varios paneles explicativos y una maqueta cedida por la Casa del Mar y que es obra de uno de los últimos hombres que se han dedicado a tal tarea, Joan Torres (Nito Misses), ya jubilado. Una plantilla y una maqueta a escala de la embarcación eran siempre el paso previo a la construcción, lo que se mostraba al armador por si había que realizar alguna modificación en el proyecto final.
Y el nombre en catalán de los carpinteros de ribera, mestres d’aixa, deriva de una de estas herramientas, una azuela formada por una hoja de hierro y un mango y que servía para cortar y vaciar la madera. Se conoce como aixa en catalán y en el museo de Can Ros se exponen dos de estos instrumentos; uno pequeño para usar con una sola mano (aixol) y otro con el mango más largo destinado a emplear ambas manos en su manejo. En realidad, el arte de la construcción naval que protagoniza una de las exposiciones temporales abiertas actualmente en el Museu Etnogràfic d’Eivissa une dos oficios distintos con la misma finalidad; botar un barco lo más perfecto posible. El carpintero de ribera era el encargado de planificar, construir y reparar una embarcación, mientras que el calafate tenía como labor pulir la obra, impermeabilizando las junturas de la madera con estopa y alquitrán, añadiendo a veces sebo o una mezcla grasa de aceite de linaza cocido y cal. Dos oficios diferentes pero complementarios. Y tan complejos y especializados que, además de usar herramientas desconocidas para el normal de los mortales, implicaba un proceso largo y complejo que podía durar años. En algún momento de la segunda mitad del siglo XX, con la crisis de la construcción naval y poco antes de que la forma tradicional de fabricar barcos tocara a su fin, el segundo oficio desapareció y los mismo carpinteros de ribera tuvieron que encargarse también de calafatear.
AD6285herramienta a la que los mestres d'aixa deben su nombrePor si el número de herramientas singulares y el tiempo que había que esperar para tener un barco disponible no fueran complejidad suficiente, había que poseer una variedad de conocimientos que a veces podían parecer más hechicería que erudición; los árboles que se escogían para el trabajo, por ejemplo, eran talados a ser posible durante las lunas nuevas de enero o julio. Tal providencia, sin embargo, no era adoptada por motivos supersticiosos, sino porque en tales épocas la savia deja de fluir por el interior de los troncos y eso evita que la madera se pudra fácilmente. Más allá de estos conocimientos tan particulares, prácticamente todo era cuestión de matemáticas y geometría. Era imprescindible, asimismo, saber dibujar planos.
Los árboles, además, solían buscarse con las formas adecuadas que permitieran que los troncos se adaptaran mejor a la pieza de la embarcación a la que iban destinados. El mestre d’aixa Nito Misses, que ha sido de gran ayuda para la preparación de la exposición y para la elaboración del folleto de 43 páginas que la acompaña, explica que la contrarroda (una pieza curvada unida a las rodas de proa y popa) era una de las formas más difíciles de hallar. Tras tener preparada la madera, la construcción se iniciaba con la quilla y acababa con la instalación de las cuadernas, que se forraban de listones que se hacían más flexibles calentándolos con agua y fuego. Y con el ello el barco estaba listo para calafatear y pintar, una tarea que ya se llevaba a cabo mientras se colocaba toda la arboladura (palos, cabos y velas).
Las primeras referencias a la existencia de los carpinteros de ribera se remontan a la primera mitad del siglo XVI, aunque lo cierto es que las primeras notas que hablan de la existencia de una atarazana (drassana) en la isla de Eivissa son del siglo XIII. Y estaba situada delante de la actual plaza Antoni Riquer, que conserva el nombre de calle de sa Drassana, según se desprende de un plano que el arquitecto Giovanni Battista Calvi elaboró antes de empezar a construir las murallas. Y las fases más prósperas de la actividad se sucedieron con el corsarismo contra la piratería turca y berberisca, con la actividad pesquera y con la navegación de cabotaje impulsada por la apertura de nuevas líneas comerciales. Se entiende por ello que los barcos que se fabricaron fueron muy diversos y fueron variando con el paso de los siglos. Además, y aunque la mayor parte se construían en la atarazana, en el puerto de Vila, existieron talleres más humildes en calas y playas como sa Canal, sa Cala y s’Illa Plana. Y a lo largo y ancho de la isla muchos ibicencos, pescadores fundamentalmente, fabricaron sus propios llaüts o chalanas, con ingenio y conocimientos de carpintería que formaban parte de su herencia pero a menudo sin saber leer ni escribir.
Ya en el siglo XX, una suma de factores contribuyeron a la desaparición paulatina de los mestres d’aixa; si, por un lado, el relevo generacional se ha complicado, la construcción de barcos se ha ido mecanizando y modernizando. Los talleres ibicencos fueron quedando relegados al mantenimiento y reparación de barcos, actividad con la que algunos aún mantienen vivo el oficio y que depende de que sigan existiendo llaüts o barcas tradicionales que reparar.

Del dominical de Diario de Ibiza:

http://www.diariodeibiza.es/pitiuses-balears/2017/10/14/construir-barco-ibicenco-quilla-velas/945883.html

AD6282vitrina con las herramientas usadas por mestres daixa

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El cangrejo más belicoso

_K3_3882cranca peluda fotografiada en es Bol Nou

cranca peluda en es Bol Nou

Cristina Amanda Tur. Fotos: Joan Costa y CAT.- Si hay en las islas un cangrejo que parezca preparado para una batalla, ese es el cangrejo de roca Eriphia verrucosa, un animal de aspecto robusto que puede medir alrededor de diez centímetros, casi tan ancho como largo, y con dos grandes pinzas asimétricas y amenazadoras que están repletas de las rugosidades que justifican el nombre de la especie. Este cangrejo es, además, el crustáceo más agresivo del litoral, un animal que vive entre agua y tierra y que no duda en morder a cualquier incauto que se acerque demasiado a sus pinzas; ningún isleño que haya pasado su infancia en las cercanías del mar olvida cómo es que uno de estos cangrejos te hiera el dedo de un pie.
Aunque en castellano es conocido como cangrejo moruno o moro, los mallorquines y menorquines lo conocen como cranc pelut y en las Pitiüses es una cranca peluda. Y es un nombre popular que a menudo los ibicencos han usado para referirse a una persona, preferiblemente mujer, desagradable, agresiva o poco agraciada, y que responde a la circunstancia de que, además de disponer de negras protuberancias como pinchos, sus patas y buena parte del abdomen están cubiertos de vistosos pelos (cerdas) que parecen espinas. Este animal parece estar acorazado; blindado y artillado. Es un crustáceo inconfundible, tanto por su corpulencia como por sus protuberencias y sus tonos marrones, rojizos y amarillos, y es muy común en las costas de Eivissa y Formentera. En las horas en las que hace menos calor, primeras horas de la mañana o con preferencia al caer el sol, estos crustáceos decápodos salen a la superficie y pueden verse corriendo sobre las rocas y refugiándose en sus fisuras. Durante el resto del día prefieren algo más de profundidad, aunque habita aguas someras y no vive en fondos de más de quince metros; preferiblemente se encuentra en el primer medio metro de agua. Comparte hábitat infralitoral con otros dos cangrejos, el abundante cangrejo zapatero (Pachygrapsus marmoratus), que prefiere la superficie, las rocas bañadas por el agua, y el invasor cangrejo plano Percnon gibbesi, que es raro fuera del agua y suele escoger vivir entre medio metro y tres metros de profundidad.

DSC_0042Bcangrejo zapatero en Cala Bassa

cangrejo zapatero en Cala Bassa

Los cangrejos morunos son depredadores nocturnos muy activos y voraces y se han revelado como un efectivo control biológico contra la invasión de una caracola asiática llamada Rapana venosa, que, a pesar de no haber sido detectada en Balears, sí se ha localizado ya en numerosos puntos del Mediterráneo oriental. Antaño, estos cangrejos tan agresivos eran muy numerosos en las costas de todo el archipiélago, pero la contaminación unida a la masificación, el urbanismo del litoral y la eutrofización han hecho que sea menos frecuente, a pesar de no ser rara su presencia y de que no existen estudios que avalen este descenso de las poblaciones que resulta evidente con la observación del paso de los años.
La especie Eriphia verrucosa fue identificada en el año 1775 y se tiene constancia, por registros fosiles, que ya existía en el archipiélago balear en el Pleistoceno superior. Actualmente, su área de distribución se extiende por todo el Mediterráneo, el Mar Negro y el Atlántico oriental (desde el Golfo de Vizcaya hasta Mauritania).

De la sección Coses Nostres de Diario de Ibiza:

http://www.diariodeibiza.es/pitiuses-balears/2017/10/08/cangrejo-belicoso/944828.html

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La flor de un solo día

_K3_3912Cristina Amanda Tur. Foto: Joan Costa
Inconfundible flor blanca, de considerable tamaño, que resiste el sol del mes de agosto sobre las dunas junto al mar. Eso sí, se abre ya al caer la tarde y desprende su grato aroma, que recuerda al de la azucena, durante un solo día. El lirio de mar (Pancratium maritimum), capaz de resistir una prolongada sequía, es una planta que florece a partir del mes de mayo, cuando sus alargadas hojas ya se han secado para volver a salir en otoño de su bulbo. En el mes de septiembre, la flor aún puede encontrarse en las dunas de playas pitiusas, más fácil de observar en territorio del Parque Natural de ses Salines y, concretando más, en el espacio dunar protegido de la zona final de Platja d’en Bossa o en es Cavallet, donde la fuerza de sus raíces contribuye a retener la arena en su lugar. Dispone de una buena cantidad de nombres populares, entre ellos el de pancracio, azucena de mar, alhelí de mar, nardo marítimo e incluso amor mío, según el herbari virtual del Mediterrani Occidental, y es de la familia de las amarilidáceas, al igual que otras plantas bulbosas como el narciso. El lirio de mar se encuentra en el catálogo de especies amenazadas de Balears, en la categoría de especies que precisan ‘de especial protección’, y su recolección está prohibida.
En otras comunidades autónomas del país también se incluye en los catálogos de flora amenazada debido a la alteración que sufren los sistemas dunares por la masificación. Sin embargo, lo hace con diferente grado de protección. La alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, se metió en un brete hace dos años por lucir una de esas flores durante sus vacaciones en Cádiz, en una comunidad que recoge Pancratium maritimum en la categoría de ‘casi amenazada’ de su catálogo, y la Junta de Andalucía se vio obligada a explicar que su recolección no estaba prohibida en la comunidad. También está protegida, con prohibición de arrancarla, en Asturias y puede encontrarse en otros lugares del mundo como la costa atlántica de Norteamérica, las costas de Bulgaria o Francia, el Norte de África e incluso en Israel. Siempre en la arena.
Los bulbos son venenosos, aunque antiguamente se consideraba a esta planta un magnífico tónico cardíaco, lo que, al parecer, le valió el nombre de Pancratium (que todo lo puede). Y la importancia de esta especie en el ecosistema dunar puede medirse asimismo por la relación que establece con otros organismos; la oruga de la mariposa nocturna Brithys crini está asociada en exclusiva al lirio de mar, cuyas hojas devora. Además, el lirio sólo admite una polinización cruzada (es decir, no puede usar su propio polen) y es polinizada durante la noche por una de las más grandes mariposas nocturnas que pueden encontrarse en las islas, la esfinge de la correhuela (Agrius convolvuli), una mariposa que vuela como los colibríes y que, como su nombre indica, prefiere las plantas conocidas como correhuelas (Convolvulus) para poner sus huevos.

De la sección Coses Nostres de Diario de Ibiza:

http://www.diariodeibiza.es/pitiuses-balears/2017/10/01/lirio-mar-flor-dunar-dia/943482.html

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Crónica de un exterminio

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restos de una nacra en s’Espartar

Cristina Amanda Tur. Fotos: Joan Costa y C.A.T.
La nacra es un bioindicador tan efectivo y conocido que ya hace diez años se usó a esta especie para comprobar las concentraciones de hidrocarburos en la zona en la que se hundió el mercante ‘Don Pedro’. La existencia de importantes poblaciones de nacra en fondos de roca, arena y praderas de posidonia de las islas ha sido tradicionalmente señal inequívoca de la excelente calidad de las aguas. Pero, de pronto, y por si la masificación del litoral, la contaminación, la recolección de conchas y el anclaje incontrolado no fueran suficiente amenaza, una mortalidad masiva detectada primero en las Pitiüses ha diezmado en cuestión de meses las poblaciones de Balears. Y un año después de que se iniciara el exterminio, la mortalidad es hoy del cien por cien en Eivissa y Formentera, donde no hay localizado ningún ejemplar vivo de este molusco endémico del Mediterráneo; en todo el archipiélago sólo queda una decena. Con muchas cuestiones aún sin respuesta sobre el fenómeno, los expertos se preguntan con preocupación si estamos asistiendo a la extinción de esta emblemática especie. O si aún podemos confiar en las nacras resistentes que sobrevivan o en las larvas que todavía no podemos saber si han prosperado. Al producirse la mortalidad, al acabar el verano, ya había pasado la época de puesta de las nacras adultas, es decir “ya habían expulsado las larvas a la columna de agua”, explica la investigadora Elvira Álvarez, “y es posible que no estén afectadas”. Aún serían individuos muy pequeños y hay que esperar a que las praderas de posidonia, el hábitat preferente de este molusco bivalvo, pierdan buena parte de sus hojas y que estas estén más bajas. Tal vez entonces podamos descubrir que pequeñas y anheladas nacras se han asentado y crecido entre los rizomas. Será en noviembre, tras los temporales. “Esta es nuestra esperanza. Y uno de los trabajos que tenemos pendientes este otoño es buscar las posibles supervivientes, esas supervivientes que serían resistentes al patógeno”.

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nacra aún viva fotografiada hace dos años en es esculls d’en Ramon

La alarma saltó en septiembre de 2016. Al mismo tiempo que varios biólogos que trabajaban en Formentera advertían al Centro Oceanográfico de Baleares del Instituto Español de Oceanografía (IEO) del inusual número de nacras muertas que observaban en sus inmersiones, Diario de Ibiza ponía en conocimiento de una de las investigadoras los preocupantes datos que se habían recogido de buceadores y centros de buceo ibicencos que habían detectado el problema durante aquellas últimas semanas de verano. Era el 29 de septiembre y en el IEO se tomaron en serio los avisos que llegaban de las Pitiüses. A finales de octubre y noviembre, cuando ya era difícil encontrar algún superviviente en estas islas, la epidemia se extendía a Mallorca y Menorca. Hoy sólo quedan individuos en pie en Formentor, la reserva de El Toro o Dragonera, por ejemplo. En Cabrera, “que tenía una de las densidades más altas de nacra del Mediterráneo, no sólo de Balears o España, donde había miles de ejemplares, sólo quedan dos”, lamenta Elvira Álvarez, una de las tres expertas del Centro Oceanográfico de Balears que lideran la lucha contra esta extinción, junto a una cuarta experta del Imedea (Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados). Y lo cierto es que hasta el momento su trabajo se ha llevado a cabo sin un proyecto concreto detrás y robando horas a otras tareas, “un trabajo altruista”. Pero el hecho de que la nacra haya pasado a ser catalogada de ‘vulnerable ‘ a especie ‘en situación crítica’, la categoría máxima de amenaza en el Catálogo Español de Especies Amenazadas, al nivel del lince ibérico, implica que todos los proyectos para vigilar las poblaciones e intentar recuperarlas son ahora una prioridad para las instituciones. A efectos prácticos, garantiza que habrá dinero y medios para la nacra.

AD1026nacra muerta en Bestorre

nacra muerta y caída en Bestorre

En los fondos marinos de Eivissa y Formentera, buceadores que han dedicado parte de su tiempo a buscar nacras vivas en la posidonia no han podido transmitir buenas noticias a las investigadoras del Centro Oceanográfico de Balears durante los últimos meses. En las reservas de es Vedrà, es Vedranell i els illots de Ponent, rastreando las frondosas praderas de sa Galera o es Racò de sa Grava (s’Espartar), sólo se cuentan conchas vacías, muchas todavía en pie, otras ya caídas y rotas. En las conchas que aún restan levantadas la única vida que se observa en el interior es la de las castañuelas, peces muy abundantes en aguas litorales, que han convertido los restos de los moluscos en refugios en los que proteger sus huevos y, desde la puerta de las conchas semiabiertas, vigilan la llegada de depredadores. Los fondos de Cabrera se asemejan hoy a un cementerio abandonado, de moluscos que parecen lápidas que escoran hasta desplomarse. Y aunque el culpable es un patógeno, un protozoo, algunos expertos profundizan más en el análisis de la situación y ven la muerte de las nacras como un síntoma del mal estado del Mediterráneo, de las debilidades que las constantes presiones -plásticos, cambio climático, presión costera o sobreexplotación pesquera- han provocado en él, porque los sistemas sanos saben defenderse de las agresiones. Es decir, es posible que unas nacras sanas hubieran sido capaces de hacer frente a la epidemia, de la misma forma que un cuerpo fuerte resiste mejor una gripe. Así lo señalaba la oceanógrafa Laura Royo en una charla con expertos y buceadores mantenida a finales de julio en el Consell d’Eivissa, en la que reconoció, asimismo, que, a pesar del año transcurrido, sigue habiendo muchas incógnitas en torno a la desaparición de las nacras. Para empezar, se conoce que el protozoo que las está matando es del género Haplosporidium (que se instala en la glándula digestiva y les impide alimentarse hasta que se debilitan y mueren), pero se ignora la especie concreta y, por tanto, se desconoce si es un organismo que ya existía en el Mediterráneo y se ha vuelto más mortífero o si ha llegado a nuestros mares en las aguas de lastre de los barcos o mediante la actividad de la acuicultura (en la costa del Mediterráneo peninsular existen cultivos de ostras y almejas que podrían ser sospechosos de haber importado el protozoo en moluscos procedentes de otros mares). Hay que destacar que en el Mediterráneo existen dos especies del género Pinna, ya que además de la emblemática nacra (Pinna nobilis), que según estudios muy recientes puede vivir hasta 50 años y que llega a medir más de un metro, existe la denominada nacra de roca (Pinna rudis), más pequeña, más rojiza y menos longeva. Y, sorprendentemente, la nacra de roca no está muriendo. Esta segunda especie de pínnido también vive en el Atlántico, por lo que una posible respuesta a esta eventualidad sea que ya convivía con el protozoo antes de que apareciera en el Mediterráneo y está inmunizada. En estos momentos, la posibilidad de determinar la especie de protozoo responsable de la situación está pendiente de unos pruebas con microscopio electrónico que suponen un proceso más arduo y lento de lo que cabría esperar.

IMG_5947especie Pinna rudis en sa Conillera

especie Pinna rudis en sa Conillera

“Lo más impactante ha sido el alcance geográfico y la rapidez, porque en seis meses exterminó prácticamente todas las poblaciones desde Almería hasta Balears”, señala Elvira Álvarez, que añade que “el mayor problema del parásito es que hace unas esporas resistentes, como si fuera una cápsula que va flotando en el agua y que, cuando encuentra un huésped, sale de la cápsula e infecta”. Y ello implica que, aunque se considerara la posibilidad de reintroducir individuos de zonas mediterráneas aún no afectadas, como Córcega, Grecia o Cataluña, “los traeríamos a morir”. En este sentido, hay que señalar que en lugares de Italia como Sicilia o Ischia ya han detectado una inusitada mortalidad de nacras, mientras que las poblaciones de las costas catalanas no están afectadas. En realidad, no es una anomalía, ya que el parásito se mueve en las corrientes superficiales que entran en el Mediterráneo occidental desde el estrecho de Gibraltar, en un movimiento que hace que, a grandes rasgos, siga una línea ascendente hacia el este, hacia Balears, y siga hacia Italia, suba hasta Francia y finalmente llegue a Cataluña. La epidemia avanza, inexorable, mientras se siguen buscando respuestas y fórmulas para evitar la extinción de una especie que fue identificada hace dos siglos y medio pero podría desaparecer en menos de dos años. Y que, además, forma parte de un hábitat prioritario, el de las praderas de Posidonia oceanica, que pierde así, sin que sepamos tampoco qué consecuencias conllevará su pérdida, a uno de sus más representativos habitantes.

AC2580aspecto de una nacra viva (Portintax)

aspecto de una nacra viva

OBSERVADORES DEL MAR
Los investigadores cuentan con una herramienta que permite a los ciudadanos colaborar en el rastreo de los fondos marinos en busca de nacras supervivientes. Se trata de la web observadoresdelmar.es, una valiosa plataforma de ciencia ciudadana en la que buceadores, pescadores o bañistas que encuentren alguna nacra pueden subir fotos y datos de las observaciones para que investigadores y expertos puedan valorarlas y puedan ampliar el mapa de la situación, la extensión de la mortalidd y la posibilidad de hallar individuos aún vivos cuya evolución deba controlarse. Las investigadoras no pueden abarcar todo el fondo marino. En http://www.observadoresdelmar.es, que coordina el Instituto de Ciencias del Mar de Barcelona (CSIC), se llevan a cabo otro tipo de campañas, como la recopilación de datos sobre la presencia de especies invasoras o la localización de poblaciones de corales, y el Proyecto Nacras cuenta ya con más de un centenar y medio de observaciones.
Por otra parte, hay que recordar que extraer nacras de los fondos marinos es una infracción que puede conllevar elevadas multas e incluso penas de seis meses hasta dos años de cárcel en los casos más graves, ya que es un delito relativo a la protección de la flora, fauna y animales domésticos (en concreto el artículo 334 del Código Penal). De hecho, la pena podría aplicarse en su mitad superior en el caso de la nacra, al estar considerada una especie en peligro de extinción. Y, además, y es un punto en el que las investigadoras inciden, tal consideración vale tanto para las nacras vivas como con sus conchas ya muertas.

Publicado en el dominical de Diario de Ibiza del 17 de septiembre de 2017:

http://www.diariodeibiza.es/pitiuses-balears/2017/09/30/nacras-joyas-mediterraneo-borde-extincion/943309.html

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El dedo volcánico de Dios

AD6072Cristina Amanda Tur. Foto: Joan Costa
Un magma basáltico circula por las grietas de la roca, desde un corazón volcánico en las profundidades, y fluye al mar. Al enfriarse, deja estructuras cristalinas, cristales negros y verdosos. Los geólogos llaman ofitas a estas rocas magmáticas. Y cuesta imaginar la escena de su formación en una isla como Eivissa, pero eso es lo que sucedió en es Figueral para que se creara lo que conocemos como es Paller de’n Camp, un monolito de diez metros de altura que, tal y como sentencia el geólogo Luis Alberto Tostón, “algún día caerá”. No sabemos en que momento geológico, pero la erosión y las grietas que presenta ya lo anuncian. Algún día, Eivissa perderá su rollizo dedo de Dios al igual que Gran Canaria perdió el suyo, una alargada, fina y emblemática formación basáltica, durante una tormenta tropical en 2005. De hecho, hace tan sólo medio siglo, la columna ibicenca parecía una montaña y doblaba o triplicaba su actual perímetro.
Al acercarnos a la columna, descubrimos que su roca oscura es cristalina y esta formada, efectivamente, por esos cristales verdes y negros que revelan que el enfriamiento fue un proceso lento, que no se produjo en superficie. A grandes rasgos y situándonos en el Triásico, tenemos que imaginar una línea, una gran grieta, desde la zona de es Pou des Lleó y es Cap Roig y hasta la Cala de Sant Vicent. Pero debemos imaginarla en el fondo marino, porque la isla aún no había emergido. Y por la grieta iba surgiendo el magma desde los fondos de la tierra hacia un mar que aún no era el Mediterráneo. En esa época, Europa y África se están rompiendo, el supercontinente Pangea se resquebraja aún, y es por ello que de la grieta brota el magma. “El monolito es material filoniano”, concreta el geólogo. Es decir, es una roca procedente de un magma que se ha enfriado a una velocidad inferior a la que se hubiera producido de haberlo hecho en superficie. Por ello no es, técnicamente, una roca volcánica y por ello muestra un aspecto distinto que se define por su cristalización. Luis Alberto Tostón propone incluso visitar el lugar con una lupa para observar mejor esos pequeños cristales que le ayudan a interpretar que el enfriamiento se produjo despacio. La roca presenta un color oscuro, añade, porque predominan micas y piroxenas en su composición; el color más claro es el que le aporta el feldespato. En definitiva, el monolito es también una diorita, una roca plutónica (por su forma de enfriamiento) y formada por feldespastos y minerales oscuros. Muy similar al granito. Y cuando todo este proceso acabó, cuando la materia estuvo consolidada, fue cuando el movimiento de las placas tectónicas lo sacó a la superficie. Es como un escenario de Star Trek.
En el libro ‘Eivissa i Formentera: Camins i pedras’, Roger Mata y Xisco Roig señalan que en la zona de es Figueral también pueden destacarse otros grandes bloques, de al menos un metro, de rocas subvolcánicas, y que se observa como va aumentando gradualmente el número de bloques, “hasta el punto de que el sector norte [donde se encuentra la columna] está formado sólo por ofitas”. En el libro, la zona es calificada como un “caos geológico”. El acantilado y las rocas a sus pies, señalan los autores, “está en constante retroceso y desmantelamiento”, compuesto por piedras en una matriz fangosa que ofrece facilidades a la erosión.
Y respecto a la toponimia del lugar, y aunque es más usual encontrar su nombre escrito como Paller des Camp, parece ser que lo correcto es Paller d’en Camp, ya que el monolito está asociado a la zona también conocida como Paller d’en Camp y al nombre de quien lo habitó. En la actualidad, y mientras no llegue su inexorable desplome, es una de las formaciones rocosas costeras más fotografiadas de las islas.

De la sección Coses Nostres de Diario de Ibiza

http://www.diariodeibiza.es/pitiuses-balears/2017/09/30/dedo-volcanico-dios/943315.html

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La cola del dinosaurio

DSC_4303_1452ses Torretes desde ses Margalidestexto y foto: Cristina Amanda Tur.- El emperador romano Constantino era tan pragmático y tan elemental que a cuatro de sus hijos los llamó Constantina, Constantino II, Constancio II y Constante, y cuando refundó Bizancio la denominó la ciudad de Constantino. Como si de él descendieran, y con la misma elementalidad, quienes pusieron nombre a las tres puntas que tiene la formación rocosa conocida como sa Punta de ses Torretes destacaron, sencillamente, lo obvio, porque los tres picos de esta pequeña península reciben los nombres de sa Torreta de Dins, d’Enmig y de Fora. Obvia es también su equiparación con tres pequeñas torres. Y si la toponimia del lugar y sus partes es sencilla y muy obvia, a un nivel geológico, sa Punta de ses Torretes cobra una nueva magnitud, se vuelve compleja e interesante.
La formación rocosa que se adentra en el mar como un dinosaurio sumergido que aún no ha ocultado las puntas de su cola debe interpretarse desde un punto de vista geológico y recurriendo a un experto, ya que, más allá de la belleza de sus formas, el lugar es rico en fosiles y en todos esos elementos, estratos, rocas y sedimentos, que precisan cierto análisis y retroceder en el tiempo millones de años. Como si hablaramos de dinosaurios. Para empezar, y respecto a los fósiles, abundan los equínidos (erizos de mar), braquiópodos (un grupo de animales marinos similares a los moluscos bivalvos del que se tiene un gran registro fósil), moluscos, y los cefalópodos extinguidos de los grupos ammonites y belemnites (de los que existió una gran diversidad y cuyos restos fosilizados son numerosos en Eivissa).
El biólogo Xavi Guasch, profesor de Biología y Geología en el IES Isidor Macabich, explica que la zona más fosilífera es la primera de las dos regiones morfológicas en las que podemos dividir sa Punta de ses Torretes. Esta primera región, la más cercana a la costa, más plana, aunque con una suave pendiente, está formada por margas, arenas y calizas margosas intercaladas; tipos distintos de suelo y rocas más o menos endurecidas según su contenido en carbonato cálcico y los porcentajes de arcilla. “Todas estas rocas se formaron principalmente a lo largo del periodo Aptiense, una de las edades del Cretácico inferior y que abarca un periodo de tiempo comprendido entre 125 y 113 millones de años atrás”.
La segunda región es la de los tres pináculos de nombres evidentes. El más alto alcanza los 30 metros de altura, justo el doble que la altura media de las murallas de la fortificación de Eivissa y seis metros más que su altura máxima. “Están constituidos por rocas muy resistentes: calcáreas masivas localmente dolomitizadas que dan lugar a estas formas tan abruptas”, explica Guasch. Y la dolomitización es el concepto clave, es el proceso que se produce cuando los iones de calcio del carbonato son parcialmente reemplazados por iones de magnesio; es decir, se reemplaza un mineral por otro. “Las rocas así originadas se denominan dolomitas y se reconocen por su textura como de azúcar. Pertenecen al Cretácico inferior, aunque son anteriores, se formaron en la base de este periodo, en un ambiente marino de plataforma somera, durante el Berriasiense-Valanginiense, entre 145 y 132 millones de años atrás”.
El nombre de sa Punta de ses Torretes con el que se conoce este enclave, que marca la frontera entre la costa de Santa Agnès y la de Sant Mateu, ya está documentado a principios del siglo XVIII. Y, además de los topónimos ya citados, en el extremo inferior de la península hay una zona de escollos denominada, como no podía ser de otra manera, l’escullat de ses Torretes. Muy cerca de esta formación rocosa, bajo los acantilados de es Alls d’en Blai y junto a Davall es Alls y en un fondo de poca profundidad, aún perduran los restos del carguero griego ‘Neptune’, que quedó encallado al soltarse el cabo del remolque que lo trasladaba al desguace. Estos restos, del que destaca una gran hélice de bronce, quedaron desparramados entre los cinco o seis metros de profundidad hasta los 35.

De la sección Coses Nostres de Diario de Ibiza:

http://www.diariodeibiza.es/pitiuses-balears/2017/09/16/cola-dinosaurio/940584.html?platform=hootsuite

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