El dinosaurio de piedra

IMG_2325el lado norte del puente desde el agua

el lado norte del puente, desde el agua

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Con Salt d’en Serrà y es Cap des Llibrell al norte y la Punta des Puig Negre y Cala Olivera al sur, es Clot d’en Llaudis es un entrante de mar, una hendidura en el acantilado, dividida por un puente en cuyo centro se abre un gran agujero vertical. Este puente mide alrededor de 16 metros de altura y, visto desde el lado norte, recuerda a un enorme dinosaurio atrapado en la piedra en el momento en el que ramonea en los arbustos y árboles del acantilado. Incluso presenta una cresta sobre la cabeza.
En este rincón desde el que se observa el dinosaurio, se abre una pequeña rada de media circunferencia con un gran escollo triangular en su centro. En ella, bajo el gran puente, una plataforma de roca con menos de medio metro de agua permite una cómoda recalada en kayak o canoa. Impresionan los elevados acantilados, de unos cien metros de altura, y los centenares de gaviotas, prácticamente todas patiamarillas, que descansan en las laderas y nidifican en los huecos, y que se elevan, graznando, en bandadas al observar intrusos en su paraíso escarpado.

IMG_2404El alga invasora Caulerpa cylindracea fotografiada en es Clot d'en Llaudis

alga invasora fotografiada en es Clot d’en Llaudis

En la parte interior del escollo central, la profundidad no alcanza los diez metros y los fondos de roca se alternan con algún pequeño claro de arena. Se pueden ver bancos de sargos y juveniles de un montón de especies que buscan protección en los pequeños escollos que forman las rocas caídas desde la montaña. A poca profundidad se observan ejemplares del cangrejo invasor Percnon gibbosi, un cangrejo araña procedente del Atlántico que fue citado por primera vez en Eivissa en el año 2001 y del que existen referencias anteriores para la isla de Formentera y el resto de islas de Balears. Actualmente, sus poblaciones se han extendido en las costas pitiusas y es particulamente abundante en el litoral de la zona de Portinatx. Hasta aquí, hasta esta apartado rincón de la costa este de Eivissa, ha llegado también otra especie invasora, el alga Caulerpa cylindracea (antes conocida como C. racemosa). No había sido citada anteriormente en la zona y ahora puede encontrarse, avanzando, a muy poca profundidad, a menos de medio metro e incluso sobresaliendo de la superficie del espejo del agua, sobre la plataforma de roca que se extiende a los pies del dinosaurio de piedra.
El pequeño entrante de es Clot d’en Llaudis forma un saco al que las corrientes arrastran plásticos y otros restos que flotan en el mar. Sobre el espejo del agua destacan también ligeros plumones de gaviotas que acaban uniéndose a hojas desprendidas de posidonia y pequeños trozos de bolsas de plástico. Este rincón costero pertenece a la parroquia de Jesús. Y parece ser que debe su nombre a una antigua finca conocida por el mismo nombre, aunque las referencias existentes la sitúan más cerca de Vila que de Cala Llonga.

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La polilla que anuncia la muerte

DSC_7394_1105@territoriocat

Bram Stoker, en ‘Drácula’, cita a unas grandes polillas con el dibujo de una calavera. En una conocida película, un asesino en serie deja mariposas en la boca de sus víctimas como firma de sus crímenes. La película es ‘El silencio de los corderos’ y el lepidóptero en cuestión, en los dos casos, no podía ser cualquiera, sino que se escogió una polilla, una mariposa nocturna, relacionada con la muerte y con nombres tan siniestros como esfinge de la calavera o mariposa de la muerte. La polilla de cabeza de muerto en el libro de Stoker. En las islas, esta especie también tiene múltiples nombres populares, todos con el mismo signo: barrinol de la mort (el más usual en Eivissa), cap de mort, barrinol de calavera, esfinx de calavera o papallona de la mort. Y, en cuanto al nombre científico, la especie es Acherontia atropos, y Átropos es una de las tres Moiras del destino de la mitología griega (el equivalente a las Parcas romanas), y es la que, precisamente cortaba el hilo de la vida. Acherontia, por su parte, alude al río Aqueronte, por el que el barquero Caronte llevaba a las almas a través del inframundo.
Si ya las polillas tienen mala reputación, y son relacionadas a menudo con malos augurios, a ésta en particular su enorme tamaño, el dibujo de calavera que presenta en la parte superior de su tórax (su característica más destacada) y la especie de chillido, un zumbido agudo, que emite al sentirse amenazada la convierten en un caso especial de mito unido a un insecto. Todo en ella es una inspiración para la leyenda.
En realidad, esta esfinge, de tonos negros y dorados, es un ser inofensivo que no es raro en Eivissa y Formentera en los meses de verano. Llega a las islas en mayo y junio, en su migración desde África, y se convierte entonces en el mayor lepidóptero nocturno (heterócero) que puede observarse en las Pitiüses, un grupo en el que hay descritas alrededor de 360 especies, en contraposición con las especies diurnas (ropalóceros), de las que se han citado menos de una treintena. Acherontia atropos es un animal que puede medir trece centímetros de envergadura, lo que en realidad lo convierte en el lepidóptero de mayor tamaño que puede verse en las islas, ya que las dos mariposas diurnas más grandes que están presentes, Papilio machaon (mariposa rey) y Charaxes jasius (mariposa del madroño), raramente alcanzan los diez.
Poco se sabe de la presencia y distribución de esta gran polilla en las islas, y los pocos estudios que se han intentado realizar no han logrado una muestra de avistamientos suficientemente representativa. Los datos del Bioatles del Govern balear apenas recogen una veintena de citas, y ninguna es de las Pitiüses, porque los datos de los avistamientos, destacan los expertos, no llegan a los biólogos ni a la conselleria de Medio Ambiente. No es fácil verla por sus hábitos nocturnos, pero no es extraordinario encontrarse alguna o que alguna se introduzca en una casa por una ventana abierta; lo cierto es que no sólo puede verse el imago, la forma alada del insecto, sino que también puede encontrarse ocasionalmente su oruga, lo que ya demuestra que concluye todo su ciclo reproductivo durante el tiempo que permanece en Balears. Se han visto ejemplares en Sant Rafel, Sant Antoni, sa Cala o Sant Carles y el biólogo Joan Carles Palerm, presidente del Grup d’Estudis de la Naturalesa, recuerda haber visto ejemplares, en más de una ocasión, en la zona de es Soto Fosc, cerca de las murallas de Eivissa. Ejemplos que evidencian que no es una especie rara. En la web de la Associació per l’Estudi de la Natura (AEN) se señala que “es frecuente en los cultivos de patatas y en áreas arbustivas con solanáceas”, preferentemente patatas, tomates, estramonios o belladonas, de cuyas hojas se alimenta la larva (oruga) y que son plantas tóxicas por los alcaloides que contienen (como la atropina, que también debe su nombre a Átropos, la que corta el hilo de la vida).

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Campo de minas

DSC_2262_2073es Farallons. El islote que se observa a la izquierda es es Pallaret

es Farallons. El islote que se observa a la izquierda es es Palleret

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Sa Conillera a un lado, al otro Sant Antoni. Y allá a su frente es Cap Nunó. Formando un triángulo relleno con sus piezas sueltas, es Farallons son como un barco emproado hacia el inicio de las montañas de es Amunts. Con más de una veintena de escollos y rocas, algunos de ellos simples bajíos, es Farallons diseminados bajo la torre d’en Rovira representan un campo de minas, un circuito de entrenamiento para kayakistas. Y algo más allá, al oeste, como un farallón aislado, se yergue es Palleret, con la forma de pajar que le da nombre y que forma otro triángulo con la Punta de sa Torre y es esculls des Farallons.

IMG_1855los escollos vistos desde el agua

los escollos, desde el agua

Configurados por la erosión costera y por las rocas desprendidas de la punta de tierra al noroeste de la torre d’en Rovira, es Farallons son una versión muy reducida de otros muchos farallones que se encuentran a lo largo y ancho del planeta. Si bien a menudo se emplean las palabras escollo y farallón como prácticamente sinónimas, el escollo, de forma más general, es una roca que puede hallarse también a flor de agua, rozando la superficie, mientras que el farallón debe ser más grande, un pedazo de piedra que sobresale del espejo del mar de tal forma que es imposible no verlo en la distancia. De modo que en es Farallons de la zona de Comte se suman auténticos escollos y verdaderos farallones. Y, de hecho, en castellano el término suele usarse de manera aún más restrictiva para referirse a grandes promontorios que quedan aislados de tierra firme, preferentemente de los acantilados, por la erosión de los siglos en los materiales más blandos y que a menudo suelen acabar formando un arco sobre el mar y derrumbándose al final, quedando dos agujas de roca elevándose a los cielos. El ejemplo más conocido es el de los Doce Apóstoles de Australia y es el caso, más cercano, de es Pontàs, en Santanyí, que, sin embargo, no se conoce como faralló porque, en su versión en catalán, la palabra muestra diferencias de interpretación y los lugares que se conocen como faraions en Mallorca, al igual que los farallons pitiusos, resultan ser grandes rocas, incluso islotes, sin particularidades muy diferentes a cualquier otro escollo. En cualquier caso, el término procede del griego phalariôn, que significa blanqueado de espuma o cubierto de espuma.
Existe otra teoría, casi descartada pero igualmente sugestiva, que apunta a que farallón deriva de la palabra faro (del griego pharos y el italiano faraglione y, más allá, de la isla de Faros, donde se levantó el faro de Alejandría), porque se cree que, en tiempos de los imperios marítimos, sobre muchos farallones se encendían hogueras nocturnas para advertir a las naves del peligro de acercarse a la zona. No hay evidencia alguna de que es Farallons de Eivissa hubieran tenido jamás tal uso. Ni los que están situados al noroeste de la Torre d’en Rovira, resguardados por la afilada Punta de sa Torre, ni el Faralló de Santa Eulària, al norte de s’Esglèsia Vella.

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La siesta de los caracoles

DSC_8708agrupación de pequeños caracoles en Puig d'en VallsHasta tiene un nombre científico, que es ‘grappes’, y, sencillamente, significa racimos en inglés. Hace referencia a la forma en la que los caracoles se arraciman en lo alto de ramas y finos troncos en cuanto la temperatura del suelo se vuelve demasiado caliente para poder sobrevivir. Cuando ya ni siquiera pueden disfrutar de usuales mañanas húmedas y de la condensación del rocío. Entonces, los caracoles entran en una especie de hibernación que paradójicamente es estival y que en realidad se conoce como estivación, un término mucho menos conocido porque no suelen ser épocas para letargos aunque también hagan algo similar los cocodrilos. Ésta es la estrategia de muchos caracoles para soportar los meses de verano, y proporciona una de las imágenes más habituales de los resecos campos y caminos de las Pitiüses. Y es que el verano en las islas mediterráneas es duro.
La cuestión es más compleja de lo que parece, ya que esos caracoles estivando al sol necesitan cierta hidratación aunque bajen el ritmo, por eso cuentan con una estrategia complementaria para mantenerla en el interior de su concha y suelen preferir los tallos que, a pesar de que no lo parezca, conservan cierta humedad, y que, en cualquier caso, estén lo más alejados posible del calor que desprende el suelo. Por ello tambien se ven a menudo en las vallas y las rejas sobre las paredes de las casas de campo, donde no pueden obtener hidratación de las plantas pero sí se alejan del terreno caliente. Es fácil verlos agrupados en enormes cantidades, en decenas y centenares de individuos de diversas especies, en los tallos secos de hinojos y tàpsies, sobre todo. Una vez escogido el lugar, cada caracol cierra puertas, tapa la entrada de su concha con una especie de tela blanca, una mucosa calcárea, que se conoce como epifragma y que le sirve para conservar la humedad en su interior y también para mantenerse pegado al vegetal; si se desprende un caracol de la rama, se observa el rastro blanco, redondo u ovalado que deja este epifragma.
En diez minutos, el animal ha elegido el sitio donde pasará el verano junto a sus congéneres, ha creado su puerta para aislarse del mundo y se ha pegado a la rama. Y así, en este letargo, reduciendo su metabolismo y sus pulsaciones a la mitad de rendimiento, los caracoles terrestres pueden pasar más de un mes, aunque algunos expertos aseguran que este periodo puede prolongarse hasta cuatro meses de un tirón. Y mientras centenares de gasterópodos, a menudo juveniles, ascienden a las ramas secas para estivar, otros muchos prefieren hacer lo mismo en hendiduras de paredes, bajo piedras, donde nunca alcanza el sol. Normalmente, las especies que estivan en tierra son también las que con menos frecuencia puedes encontrar encaramadas a las partes altas de árboles y plantas en épocas húmedas. En realidad, hay que señalar que el verbo estivar no se encuentra en el diccionario de la Real Academia Española, a pesar de que sí lo usan con normalidad biólogos y malacólogos. Sí aparece el término estivación, aunque en una acepción muy amplia de “torpor” veraniego que sufren “ciertos animales a causa del calor y la sequedad”.

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La peonza marina

DSC_6380_2072@territoriocat En fondos rocosos, en el coralígeno, en las praderas de posidonia y en bosques de algas en suelos arenosos, el molusco que en las islas se conoce como baldufa es un habitante frecuente y todo terreno. Y aunque, teóricamente, puede encontrarse en profundidades que abarcan un amplio margen desde los tres a los cien metros, lo cierto es que es más escasa en los primeros tramos. La particularidad de que tal especie cuente con un nombre popular ya indica que esta caracola es familiar y cercana y es probable que antaño fuera más abundante en la costa, a menor profundidad. Hay que tener en cuenta que la mayor parte de la fauna del mar Mediterráneo, y de todos los mares, cuenta, como mucho, con un nombre científico con el que identificarla, pero sólo a las especies más comunes, más próximas, litorales o con interés pesquero se les aplica un nombre popular. Y, en este caso, la especie Astraea (o Bolma) rugosa es conocida como baldufa rugosa por su compacto aspecto y su tamaño de peonza, de aquellas clásicas peonzas de madera que giran sobre su punta de hierro y que en las islas (y en buena parte del territorio de habla catalana) son baldufes. El nombre de rugosa de la especie se debe, evidentemente, a las asperezas de su concha, que además suele estar recubierta de algas y de multitud de organismos incrustantes como gusanos tubícolas y algunos pequeños moluscos. Su color original es marrón y gris verdoso. Y su nombre en castellano también es peonza rugosa.
Astraea rugosa es una caracola más ancha que larga (unos cinco centímetros de altura y ocho de base) que en Balears figura en la lista de especies marinas protegidas, aunque se especifica que su estado de conservación es favorable. La normativa que protege a esta especie es el decreto 26/2015 que regula el marisqueo profesional y recreativo en las islas. Esta ley, que ofrece las indicaciones necesarias para la captura de moluscos, erizos (y otros equinodermos), crustáceos y algunos otros invertebrados establece una lista de doce especies cuya pesca está prohibida en cualquier circunstancia. En ella se encuentran la baldufa rugosa, las dos especies de nacras, el dátil de mar, el tritón marino, el pulpo moteado (pop trobiguera), el centollo mediterráneo, la ostra roja, tres especies de caracolas porcelana y el erizo de púas largas.
A pesar de ello, es una de las especies que suelen verse, como daños colaterales, en las redes de los arrastreros cuando llegan al muelle. Lo que apunta, asimismo, a que se trata de un molusco relativamente abundante a cierta profundidad. De hecho, los dos ejemplares de la imagen son las conchas de animales que murieron en redes de pesca de bou.

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opérculos de caracola

Esta especie, presente en todo el Mediterráneo y que ya existía y era abundante en el Plioceno y el Pleistoceno, es conocida por muchos por el botón espiral y calcáreo que construye como puerta de entrada a su concha y que se trata de una pieza apreciada en joyería y como amuleto; se han hallado montones de estas pequeñas placas, que son opérculos, incluso en ánforas romanas en las que tal vez eran transportadas para su comercio. Los opérculos de la baldufa, que pueden encontrarse con facilidad en playas de Eivissa y Formentera, son conocidos como ‘ojos de Santa Lucía’ y, tradicionalmente, se han considerado remedio eficaz contra orzuelos y hasta para el mal de ojo. Hay quienes los han usado de amuleto, considerándolos adecuados para el amor y la felicidad y, de modo más prosaico, había niños que los empleaban como fingidas monedas para apostar en la terraza del bar Pereira mientras sus abuelos y padres, que les habían enseñado cómo hacerlo, se jugaban dinero real en las timbas del interior.

La clave
ESPECIE PROTEGIDA
La baldufa rugosa es una de las doce especies de invertebrados marinos que se incluyen en una lista de marisco cuya captura está prohibida en Balears. Junto a ella también se encuentran las dos especies de nacras (Pinna rudis y Pinna nobilis), una especie en peligro de extinción), el dátil de mar (Lithophaga lithophaga), el tritón marino o caracola mediterránea (Charonia lampas), el pulpo moteado (pop trobiguera; Octopus macropus), el centollo mediterráneo (cranca; Maja squinado), la ostra roja (Spondylus gaederopus), tres especies de porcelanas (Luria luria, Zonaria pyrum y Erosaria spurca) y el erizo de púas largas (Centrostephanus longispinus).

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La isla refugio

DSC_2217_2070@territoriocat
La más cercana a tierra firme es también la más discreta de cuantas islas conforman las reservas del oeste de Eivissa: es Vedrà, es Vedranell y els illots de Ponent. A pesar de su cercanía, de su historia, de los restos de la muralla que en ella aún perduran y de la innegable belleza de su mole ascendente de poco más de 66 metros de altura y de la remarcable formación que se extiende al norte, hacia sa Conillera, s’Illa des Bosc es el islote del que menos se habla, el que menos páginas llena, excepto cuando se llena de ratas y es necesario eliminarlas para proteger las especies de aves que allí anidan.
Este islote se separó de tierra firme hace 6.000 años, al tiempo que lo hicieron sa Conillera y s’Espartar y en una época ya alejada de aquella última etapa glacial en la que se inició la fragmentación del litoral y se separaron ses Bledes (aunque aún unidas entre sí) y luego es Vedrà y es Vedranell (hace 14.000 años).
Cuando platges de Comte no estaba de moda, el escaso tráfico marítimo no lo hacía una actividad de sumo riesgo y subir al islote estaba permitido, los chavales cruzaban nadando los escasos 500 metros de distancia a la costa, rebasando los dos esculls mayores que quedan a medio camino (s’escull Llarg y s’escull de ses Punxes). Y, mucho antes de que la isla se alcanzara a nado por diversión, fue la necesidad de buscar refugio la que llevó hasta ella a los habitantes de las cercanías. Al menos esa es la hipótesis que explica los restos de un muro de piedras que aún se conservan en la zona sur y sureste. Este muro habría alcanzado los 448 metros de longitud (en un islote con un perímetro de 1.785 metros) y podría haber convertido la isla en un recinto defensivo, donde acudirían a refugiarse los lugareños en caso de advertir peligro. Además de esta construcción, en el islote, en la parte más plana y cercana a la costa, se hallaron cerámicas que fueron datadas en el primer siglo de nuestra era, pero no pudo determinarse si, además de estos restos antiguos y el muro posiblemente defensivo hubo alguna vez algún tipo de construcción que pudiera indicar que se levantara en el lugar algún asentamiento, aunque fuera temporal. Y antes de conocerse como illa des Bosc, este trozo de tierra con forma pentagonal y algo más de 16 hectáreas formaba parte de un conjunto de islotes denominado ses Conilleres, topónimo que tal vez se extendía a toda el área costera y que, contrariamente a lo que puedan creer quienes traducen sa Conillera por isla Conejera, parece más probable que proceda del latín cunicularia, lugar donde abundan cuevas y galerías. Con los años, el nombre quedó asociado exclusivamente a la isla más grande.

DSC_0219bes picatxos de s'illa des Bosc

es Picatxos de s’illa des Bosc

S’Illa des Bosc, que debe su nombre a un bosque de sabinas que ya no existe, sigue unida a sa Conillera por una línea de roca que, bajo la superficie del agua, a escasa profundidad, empalma la formación conocida como es Picatxos con es Cap des Blancar. En las imágenes por satélite puede vislumbrarse a la perfección este puente, ligeramente curvo, en el paso entre los islotes, hundiéndose en el agua donde acaban las agujas de es Picatxos, una hilera de rocas formadas por estratos, láminas, perpendiculares a la superficie del agua y muy erosionadas por viento y mar. Un paraíso de gaviotas y cormoranes. A pesar del frecuente paso de embarcaciones de turistas que pasan prácticamente rozando los altos picos.
Sobre el islote, en su punto más alto, el Instituto Geográfico Nacional instaló hace décadas uno de los 11.000 vértices geodésicos que existen en España (una treintena en Eivissa y Formentera) para ayudar a crear los mapas topográficos. La señal en mitad del islote es visible desde la costa y no es insólito que alguien, al divisarlo, se pregunte si se trata del indicador de algún enterramiento.

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La lanza de ses Salines

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El Puig des Jondal y su extremo, sa Punta des Jondal, forman parte del Parque Natural de ses Salines, aunque a menudo se ignore que el territorio protegido por tal figura llega tan lejos. De hecho, es su límite más occidental. Y si su condición de espacio protegido resulta ser un dato con frecuencia olvidado, también lo es que en ese lugar se conservan aún restos de uno de los pocos yacimientos prehistóricos descubiertos en Eivissa y Formentera. El elemento mejor conservado es un muro defensivo del que quedan menos de 300 metros de perímetro y que extiende una línea de piedras paralela a la costa, al corte del acantilado, a unos 30 metros de altura. Fue descubierto en los años 80. Junto a él, hay vestigios de estructuras ovaladas cuya función se desconoce y en la zona se recogió diverso material, restos de cerámica que fueron datados en la Edad del Bronce, en el Bronce Antiguo (2.250-1900 años antes de Cristo), una era de la historia pitiusa muy poco conocida y de la que el monumento megalítico de ca na Costa, en Formentera, sigue siendo la principal evidencia. También se hallaron en es Jondal algunos fragmentos de ánfora fenicia de los siglos VII-VI a.C. que se han relacionado con el asentamiento de sa Caleta.
El aspecto del muro es claramente, dada su situación, el de una fortificación, una línea defensiva en un promontorio desde el que tener un amplio control visual del horizonte, del mar, desde donde podría llegar el enemigo.
Sa Punta des Jondal es como una lanza que se vuelve afilada y pequeña según se adentra hacia el mar, dejando en su lado oeste un erosionado y vertical acantilado y, al este, un descenso más suave de pinos y sabinas que se vuelve agreste al avanzar. En el extremo final, la punta se aplana y acaba en algunos escollos. “Esta es una zona privilegiada para admirar la sucesión estratigráfica del Jurásico inferior y del Cretácico inferior, es decir, de los materiales que se sedimentaron 150 y 70 millones de años atrás”. Así puede leerse en el libro ‘Eivissa y Formentera: Camins i pedres’, de Xisco Roig y Roger Mata, en referencia al acantilado que cierra al sur la playa de Cala Jondal, una bahía de grandes cantos rodados formados con los siglos a partir de las rocas que de la escarpadura fueron cayendo. Desde el inicio del acantilado, pocos metros antes del ángulo que forman playa, montaña y mar, da comienzo la Punta des Jondal y se hace visible el encuentro entre el Cretácico, con capas de color ocre y gris, y el Jurásico, que se extiende hasta el extremo del cabo. Prácticamente toda la punta es material del Jurásico inferior, de calcáreas grises más resistente a la erosión.
Y, casi al final del descenso, que no es un camino fácil, la erosión ha abierto una brecha de unos dos metros, es Forat de sa Punta des Jondal, que, desde los lugares en los que puede divisarse, como los estanques de ses Salines, dan a la lanza el aspecto de una rústica y gran aguja que pueda enhebrarse con una gran soga.

De la sección Coses Nostres de Diario de Ibiza

http://www.diariodeibiza.es/pitiuses-balears/2018/06/02/lanza-ses-salines/992934.html

 

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